Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
febrero 22/2008
Maravillas
Creo haber dicho alguna vez que estas alturas de la vida las dedico a librar una batalla en el alma de mis nietos: la batalla para que el mundo actual no los devore y los hunda en la intrascendencia. También creo haber dicho que una de mis actividades predilectas, ahora que las fuerzas me abandonan, el frio me acorrala y el mundo se niega a ofrecer experiencias significativas, es mirar con deleite y el control en la mano -para parar, devolver, volver a mirar, observar a veces cuadro a cuadro- películas viejas, hermosos relatos de luz producidos en tiempos en que la gente parecía tener más sustancia y mejor conciencia del mundo y sus peligros.
Por eso no debe extrañar que uno de mis discursos más comunes, cuando me encuentro con mis nietos, es aquel un poco aburrido sobre el proceso de trivialización de las películas, como espejo de la trivialización de la vida misma.
No digo que hoy no se hagan películas buenas. Confieso que me gustó "No Country for Old Men" y he llegado a la conclusión de que me gustó porque corre el riesgo de parecer una película vieja, de aquellas donde se reconocía que el alma humana, al igual que el mundo, es inexplicable. Pero esa es una excepción. Las películas de hoy hablan obsesivamente del sueño unánime de papel que el mundo le ha impuesto a sus autómatas: conseguir mucho dinero, dinero en cantidades desbordadas, para poder consumir también de manera desbordada.
Así que, cada vez que tengo la oportunidad, embarco a mis nietos más pequeños en la aventura de ver películas muchísimo más viejas que sus padres, casi tan viejas como su abuelo, siempre insistiendo en convencerlos de que el cine de hoy no es ni la sombra del de hace medio siglo. La tarea no siempre es fácil. Debo enfrentar computadores, teléfonos celulares, ipods y otra serie de accesorios estratégicamente dispuestos en el camino para llenar el mundo de ruido. Pero a veces, como esta semana, logro ganar batallas memorables.
Como teníamos unos días juntos y de encierro obligado, por el frío que hay afuera, les propuse que cada noche uno de nosotros programara una película. La primera noche le tocó a mi nieta de dieciséis años y al final nos dejó a todos plantados porque se puso a balbucear por horas en el teléfono, y su hermano y yo decidimos leer un libro sobre los Catskills, las montañas que se ven por mi ventana.
La segunda noche, mi nieto programó una película de acción, y accedí a verla no sin antes recordarles el compromiso que tenían de ver la película que yo presentara en la tercera noche.
Entonces llegó la tercera noche.
Mis nietos son distraídos, son criaturas de su tiempo, pero han llegado a reconocer que cuando les recomiendo una película van a ver algo que rara vez se ve en el mundo que los rodea. Prepararon la bebida y el mecato, los cojines y cobijas, y se dispusieron a concederme el beneficio de la duda por unos minutos.
No diré el título de la película, creo que es uno de sus pocos puntos débiles. Pero puedo decir que es la historia de un hombre bueno que se encuentra a punto de suicidarse porque las adversidades de la vida le han colmado la paciencia. También puedo decir que su protagonista es uno de los actores que más quiero: el deslumbrante James Stewart.
Los niños vieron la película sin parpadear, fueron atrapados por la trama desde la primera imagen. Cuando alguno tenía que ir al baño pedía que pusiéramos la pausa. Hubo solicitudes de repetir algunas escenas. La película de Frank Capra está incluida en todas las listas de las mejores de la historia del cine. No es una película fácil. Además del dilema moral que la enmarca, hay una serie de consideraciones complejas sobre la voracidad de las corporaciones, sobre la presión constante del capital para convertir a los humanos en esclavos. Y sin embargo un niño de diez años puede entenderla.
Hace mucho no sentía la satisfacción que sentí viendo esta película y observando las reacciones de mis nietos. Los vi familiarizarse con un humor que ya no existe, también con ciertas formas del dolor. Me sonó como música celestial la pregunta del niño: "Pero, ¿por qué va a querer suicidarse si lo tiene todo?"
Me llenó de alegría verlos batallar contra el sueño, porque era tarde y el día juntos había sido largo e intenso.
Me hizo feliz escuchar a mi nieta de dieciséis decirme antes de irse a dormir:
-Tienes razón, abuelo. Ya no se ven películas como ésa.
Y me dormí pensando que la vida es una cosa rara y llena de maravillas, aunque muchos estén empeñados en que no se sepa.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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