Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
febrero 15/2008
Obama
No hace todavía medio siglo que Martin Luther King y sus huestes de luchadores por los derechos civiles y contra el racismo fueron brutalmente castigados durante la Marcha de Selma, en el sur profundo de Faulkner. En los viejos documentales están registradas las acciones salvajes de la policía norteamericana atacando con perros furiosos a los marchantes, en muchas ocasiones mujeres y niños.
En los años de 1980 era posible ver aún en los pueblos de Georgia letreros borrosos en los baños de viejos restaurantes anunciando "whites only", ("blancos solamente"). Testimonios de una época marcada por la infamia, y la paradoja al mismo tiempo, de la discriminación más extrema contra una población, en medio de la democracia que se proclamaba a sí misma como la más completa y justa del mundo.
Espectáculo espantoso y casi anacrónico, protagonizado por la sociedad que había llevado la modernidad a sus niveles más sofisticados: los negros y mulatos carecían de derechos por la sola razón del color de su piel. Bastaba ser negro para ser paria en una buena parte de los Estados de la Unión, y aún en los más liberales era un estigma que colocaba al sujeto en condiciones extremas de inferioridad.
Pese a la fiereza con la que el establecimiento blanco defendió sus privilegios en la década de los sesenta, las marchas de resistencia pacífica contra el racismo siguieron creciendo hasta desembocar en la manifestación histórica en la que el pastor Martin Luther King, rodeado de cientos de miles de negros y blancos, jóvenes en su mayoría que rechazaban el racismo, pronunció aquel hermoso discurso u oración que comenzaba diciendo "I have a dream…", ("Tengo un sueño…""), el sueño de que algún día blancos y negros vivirán juntos y en completa armonía.
Ese sueño le costó la vida al formidable pastor, y su asesinato en Memphis no fue en balde. La llamada "revolución de los derechos civiles" en los Estados Unidos marcó el comienzo de una transformación profunda en la sociedad norteamericana, que no se quedó sólo en la conciencia de sus habitantes. Se tomaron medidas radicales para combatir la discriminación por razones del color de la piel, tales como la llamada “Acción Afirmativa”, mediante la cual se buscó garantizar el acceso de los afrodescendientes al trabajo, a la salud, a la educación y, en general, al ejercicio de sus derechos.
Gracias a las “acciones afirmativas” grupos importantes de negros y mulatos pudieron acceder a trabajos decentes y enviar a sus hijos a los mejores colegios y universidades. El resultado está a la vista: en los últimos años los Estados Unidos ha presenciado no sólo el surgimiento de una clase empresarial negra poderosa, sino también de un sector de intelectuales de primera línea y de gran influencia en la televisión y la prensa del país. Y lo más asombroso, lo que a un norteamericano medio en los años de 1950 le hubiera parecido menos probable que llegar a Marte: un comandante en jefe de las fuerzas armadas y secretario de estado negro, una secretaria de estado negra, y ahora un candidato negro a la presidencia de la república, con mucho arraigo popular entre los blancos.
Barack Obama es un fenómeno extraordinario por donde se le mire. No es, por supuesto, un revolucionario, pero podría llegar a ser un presidente reformista, con resultados muy positivos para los negros pobres de los Estados Unidos. Sea lo que fuere, lo que quiero destacar es que con su candidatura se cierra un ciclo. Gracias a sus luchas los afroamericanos han logrado en los Estados Unidos tener a un Obama. Sin embargo, la población negra pobre sigue siendo víctima del racismo y la discriminación, y su miseria económica y social es ahora el factor principal de su exclusión. Obama es sobre todo una esperanza.
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