Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
febrero 08/2008
Emery y Susana
En Cartagena había el hábito de ser bueno, y la gente del pueblo lo practicaba de la manera más natural en los tiempos de antes, cuando el dinero no era todavía amo exclusivo de las almas, aún de aquellas que encuentran compensación en la comunión y el rezo. Mi amigo Emery Barrios es quizá uno de esos cartageneros, de los pocos que quedan. Bueno porque sí. Bueno por la alegría de serlo, por la dicha de no hacerle daño a nadie y por la sabiduría de no desear nada del prójimo.
Conozco a Emery desde cuando éramos jóvenes e inmensamente libres. En aquellos días de plenitud, cuando organizábamos cine clubes para presentar películas para nosotros mismos, para después tener el privilegio raro de quedarnos en el Muelle de los Pegasos hasta la hora del alba tomando café y conversando sobre Berman, sobre Godard, sobre Buñuel y tantos más, para los que la noche nos quedaba corta.
De esa época adquirió Emery el vicio de quedarse despierto hasta el amanecer, muchas veces devorando libros, casi siempre novelas. Y entonces dormía a las horas en que sus compañeros asistían a las clases de Derecho. El perteneció a esa pandilla de jóvenes intelectuales que estudiaron para abogados porque no tuvieron más remedio, a falta de estudios humanísticos en la ciudad. Pero que apenas pudieron se dedicaron a otra cosa, casi siempre a enseñar.
Y adquirió otro vicio que le daría sentido a su vida de hombre sencillo y muy culto: el de coleccionar música popular. Yo lo acompañé hasta que me fui de la ciudad en ese juego divertido de conseguir discos viejos para disfrutarlos en las noches de parranda con los amigos. Ambos frecuentábamos a Rafa en su puesto de venta de discos usados del Portal de los Dulces, en el que se podían conseguir verdaderos tesoros musicales. Y cuyas piezas viejas exigían a menudo no una aguja para oírlas sino casi un clavo, para lidiar con las arrugas y cicatrices del tiempo.
Después vino Susana, su compañera, a quien todos quisimos y aceptamos de inmediato. Dueña de una belleza y de una elegancia extraordinarias, tenía la gracia de su presencia sigilosa y una sonrisa que se abría como tierra florecida después del aguacero en las inmediaciones de Torices. ¿Cuántas veces estuvimos juntos? Cuánta capacidad, infinita, para disfrutar la vida juntos en esas tertulias en las que bastaba un viejo porro de Lucho Bermúdez o una danza fina de Pedro Laza para hacernos felices. Y éramos pobres y felices, y no queríamos tener dinero, excepto para comprar una buena selección de cuentos de Hemingway, para leerlos en la noche y después hacer el amor todavía en la atmósfera de los cazadores de tigres de Africa.
Ahora Susana se ha ido al cielo de las gentes bellas, muy joven pero sin fuerzas ya, después de luchar contra un cáncer maligno. Y yo estoy escribiendo esta columna martirizado por el dolor de saber que la hemos perdido, que será otra ausencia sin remedio, como la de Joche, como la de Sofronín. Pero además la estoy escribiendo para decirle a Emery lo que hubiera querido decirle también a Susana, en nombre de aquellos que tuvimos el privilegio de tenerlos a nuestro lado: te queremos mucho, hermano. Y si sirve de algo, ahí va un abrazo grande y profundo. El de todos nosotros, para luchar contra la desolación de la muerte.
Reforma tributaria 2007
enero 26/2007
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