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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
febrero 01/2008


Las sillas vacías



Uno cree que no, pero los hechos son tozudos y terminan por imponerse. Pese a los discursos sobre la importancia de la educación para el progreso de los pueblos, las mil promesas de cambio y los buenos propósitos de funcionarios diligentes, la educación pública escolar en la ciudad y el departamento se deteriora hasta límites inconcebibles en los tiempos modernos.


De todos son conocidos los pésimos resultados de las últimas pruebas oficiales, amen de otros certámenes. La inmensa mayoría de los colegios y escuelas del departamento aparecen situados en los niveles inferiores, y en muchos casos con índices que reflejan debilidades extremas en el proceso de formación. Y ahora de nuevo, como para que no nos quede la menor duda de que algo grave está pasando, el terrible drama de las sillas vacías.


Año tras año, sin que medie un estudio sereno, sin que se convoque a una reflexión colectiva, abierta y franca, sobre la crisis profunda de la educación en la ciudad, se procede, desesperadamente, a por lo menos cumplir con la cobertura. Que los colegios no tengan techos, que se estén cayendo las paredes, que no existan laboratorios, que no se nombren profesores de matemáticas y ciencias sino seis meses después de haber comenzado labores, en fin, que la calidad de la educación sea muy mala, no parece importarle a nadie. Importa complacer al Gobierno nacional en el logro de unas cifras, para dar un parte de triunfo en el sentido de que la cobertura sigue creciendo. Y sin embargo, lo dramático de todo esto es que ni siquiera yendo a buscar a los niños a sus casas se logra llenar el cupo asignado en las instituciones públicas.


No faltan, sobran sillas: de este tamaño es nuestra tragedia social. Es decir, sobran no porque haya suficientes colegios para la cantidad de niños y adolescentes en edad de estudiar. Ojalá. Sobran porque a pesar de que no son suficientes, los padres no matriculan a sus hijos.


Qué distantes estamos de la Cartagena de los años sesenta, en la que en los barrios populares se disputaban los cupos de los colegios oficiales. En que entrar al Liceo Bolívar era un inmenso honor, obtenido por el mérito. Hoy hasta en ese viejo colegio, que no es ya ni sombra de lo que fue, el rector tiene que salir casa por casa a buscar a los estudiantes y se da inicio a las actividades con sólo el 50 por ciento de ellos.


¿Qué está pasando? Podríamos encontrar muchas respuestas, pero quiero apuntar a la coincidencia en la que convergen tanto el rector del Liceo Bolívar como la rectora de la Institución Educativa Pedro de Heredia: ambos insisten en que hay que mirar más allá de la necesidad de llenar los cupos. Mirar los problemas del entorno social. El deterioro de las comunidades en las que viven los jóvenes, y en especial el creciente escepticismo de los padres en cuanto al beneficio de ir a un colegio. A menudo muchas madres de los barrios populares me hacen la misma pregunta: ¿para qué enviamos a nuestros hijos al colegio, si luego no pasan en las universidades, y se quedan desempleados?


Es el círculo vicioso de la miseria: ni ir al colegio, cuando lo logran, los salva ya de la pobreza. Por lo menos no a la inmensa mayoría. ¿Qué camino les queda?


El cantante africano Baaba Maal preguntaba en el Hay Festival qué donde estaban sus hermanos afro descendientes. De esa ausencia es inútil culpar a los organizadores, porque sus causas se parecen mucho a la de la otra ausencia de las escuelas: siglos de exclusión y marginalidad, agravados en las últimas décadas en Cartagena. Si no se trabaja en serio en políticas para derrotar la exclusión y la miseria de las comunidades pobres, las sillas, pese a los populismos de todo género, seguirán vacías.



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