Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
enero 11/2008
Turismo y conocimiento
En la década de 1930 la prensa cartagenera ya hablaba acerca de preparar la ciudad para el desarrollo turístico, y quizás como consecuencia de un auge relativo de esta actividad en el Caribe, los cartageneros de aquel entonces escribieron sobre la vocación turística del corralito de piedra.
Sin embargo, pese a esa breve animación que sirvió para justificar el desalojo de los barrios populares que habían crecido sin ningún control entre la muralla y el mar en una extensión que se prolongaba desde la tenaza hasta el baluarte de San Ignacio, nada significativo pasó. Al revés, los negocios en Cartagena comenzaron a decaer ostensiblemente en los años cuarenta, hasta que la vieja ciudad colonial se sepultó en ese estado de ruina que perduró hasta bien entrados los años sesenta.
Hubo que esperar, pues, para que se volviera a hablar con vigor de su destino turístico y se emprendieran estudios muy ambiciosos acerca de estrategias para su crecimiento, tales como el de Arthur Delittle. Me atrevería a afirmar que a partir de ese momento el turismo ha aparecido en todos los programas de gobierno de Cartagena como la actividad principal de su desarrollo.
El problema es que fuera de unos cuantos empresarios que acumularon experiencia y conocimientos en este campo, todo el mundo en Cartagena actúa como si esta actividad debiera crecer sola y sin planeación alguna. Ni los políticos ni los académicos, salvo contadísimas excepciones, se han sentado a pensar en los desarrollos estratégicos que requiere el turismo como proyecto de ciudad y no como actividad sin control al servicio de unos pocos. De modo que ha sucedido lo previsible: hoy Cartagena es el centro turístico más importante del país, con enormes posibilidades de crecimiento, y sin embargo nadie parece conocer las estadísticas de esta industria.
Fuera de que conocemos muy bien que están llegando todos los años más y más turistas, ¿qué otra cosa sabemos? ¿Alguien puede dar la cifra exacta de turistas que llegan a Cartagena? ¿El número de extranjeros, por países? ¿Su ingreso por temporadas? ¿La edad y el sexo predominantes? ¿El tipo de preferencias: turismo cultural, sexual, de rumba y playa, familiar, etc.?
Peor todavía, hace dos semanas preguntaba lo siguiente: ¿Sabe alguien con exactitud qué proporción de empleo estable produce el turismo en Cartagena y de qué tipo de ingresos? ¿Cuánto paga la industria turística en impuestos a la ciudad, y por qué? ¿Quién autoriza el uso arbitrario de los espacios públicos? ¿Qué tarifa se cobra?
Uno pensaría que en una ciudad que cifra su futuro en el turismo, todas estas preguntas deberían tener respuestas accesibles a las autoridades y al ciudadano. Pero me temo que en Cartagena no sólo es que no están disponibles, es que no existen. ¿Cómo entonces pretenden las autoridades planear con seriedad el futuro de la ciudad, si poco saben con certeza de su actividad económica más importante? Y si, además, sabemos, por experiencias en otros países, que el turismo mal manejado puede producir consecuencias sociales desastrosas y daños incalculables al medio ambiente.
No tiene nada de extraño, entonces, que los cartageneros estén padeciendo todas las cosas comentadas recientemente: caos insoportable en el tráfico vehicular, basuras y suciedad por montones, creciente turismo sexual, abuso de los espacios públicos, especulación con el uso del suelo y la propiedad urbana y otras cosas más graves de las que todavía no se habla con firmeza.
Es absolutamente urgente que la nueva administración de la ciudad asuma el reto de conocer, planear y controlar en serio, por supuesto con el concurso de todos nosotros, los llamados ciudadanos. Amanecerá y veremos.
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