Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
marzo 2/2007
La alta sociedad de los presos
No sin cierta fascinación contemplé la visita de los familiares de los senadores y representantes presos en la Picota de Bogotá. La cámara de la televisión mostraba la llegada de las distinguidas señoras, acompañadas de sus hijos, y en algunos casos de la larga parentela de hermanos, tías y hasta de viejos amigos. Reinaba un ambiente festivo, y daba la impresión de que se trataba de un alegre paseo al campo. Hubo un asado al aire libre y se veían todos tan contentos y tan de la vida normal de todos los días, que a uno se le olvidaba que se trataba de una celebración alrededor de políticos acusados de crímenes graves en una de las cárceles más terribles del país.
Viendo a este grupo tan grande de gentes de la alta sociedad costeña disfrutar de un día de campo en los patios de la Picota, recordé el asombro que me produjo una conversación con una señora de Cartagena, cuyo marido se encontraba en la cárcel de Ternera. Me la encontré en el supermercado de regreso de su primer encuentro con su esposo preso, y al preguntarle por él me dijo en tono de alivio que “gracias a Dios mi marido se ha encontrado allá con un grupo de gente decente, él no se siente sólo ni deprimido”.
Antes de continuar debo decir que esta anécdota no me produce risa, y que por el contrario me aterra. Siento profunda compasión por todos los seres humanos que están en la cárcel, aún por los culpables, y pienso que debe ser algo muy cercano al horror. Pero nunca me hubiera imaginado que la solidaridad de los poderosos se expresara tan nítidamente por encima de la vergüenza y el pudor y que para algunos de nuestros padres de la patria y sus familias resultara tan natural exhibirse en un asado en los patios de la Picota.
Cuando yo era niño escuchaba fascinado las historias de mi abuelo que me hablaba de la honradez de los políticos de antes, que después de tantos años de servicio en la política les legaban a sus descendientes un buen nombre, y quizás una vieja casa y unos viejos muebles. Por supuesto, no transmitían riquezas materiales y sus hijos crecían en medio de la pobreza franciscana de sus mayores, pero, ¡ah!, les dejaban una historia de vida intachable de la que enorgullecerse.
Y no eran sólo los políticos: de igual manera apreciaban los artesanos y demás trabajadores humildes el valor de una vida honrada. Era toda la sociedad la que respetaba en alto grado el ejemplo de los seres honrados. Hoy, por el contrario, cunde el cinismo más desvergonzado, y hacer dinero es la consigna más alta. Empresarios, burócratas y profesionales de toda clase compiten desenfrenadamente por los contratos del Estado, por apropiarse de los dineros públicos, por engañar al consumidor, en fin por ganar dinero. Y hasta muchos intelectuales, entre los más destacados, hacen parte de esta orgía sin fin, alegres de ser recibidos y homenajeados por los dueños del poder.
No tiene nada de extraño entonces que senadores y representantes, diputados y concejales, gobernadores y alcaldes, a lo largo y ancho del país, pacten con el crimen en sus peores formas, y utilicen el poder macabro de los paramilitares para enriquecerse: money, money, money.
Ni tiene por que extrañarnos que, en vez de sentir vergüenza y ocultar el rostro, miembros de la alta clase costeña celebren en los patios de la Picota de Bogotá una pública comilona en familia. Quizás, viéndolo bien, la señora del supermercado tenía razón: no se está del todo mal en la cárcel, si uno está rodeado de "gente decente".
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