Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
febrero 23/2007
Las mujeres colombianas en el exterior
Las atroz violencia que asesina cartageneros todos los días y muy de vez en cuando a uno que otro turista ha ocultado una noticia de singular importancia: me refiero a las conclusiones del estudio de la Universidad Nacional sobre el exilio forzado de millones de mujeres, que se ven obligadas a abandonar su país, para ganarse la vida en oficios duros en suelos extraños.
Recuerdo como si fuera hoy haberlas visto en New York, en una madrugada de invierno de 1986, salir a eso de las cuatro de la mañana de Queens rumbo a Manhatan. Era un grupo de 6 mujeres que se encontraban en un punto de la Avenida Rooselvet para tomar el tren que las conduciría a sus puestos de trabajo. Colombianas todas, se protegían del frío con unas chaquetas baratas, rellenas de material sintético, y usaban pantalones largos y medias gruesas. A Manhatan arribaban un poco antes de la cinco, junto con otros grupos de mujeres. Su oficio consistía en limpiar las oficinas de los grandes rascacielos, en un trabajo agotador y agobiante, porque a las 8 de la mañana los cientos de miles de escritorios de las secretarias y de los ejecutivos del centro de negocios más importante del mundo debían estar limpios y en su lugar.
Han tenido que salir forzosamente de Colombia para poder ganarse la vida, en lo que constituye una de las migraciones más grandes del mundo contemporáneo. Según el estudio de la Universidad Nacional seis de cada diez de los cerca de 4 millones de colombianos que viven en el exterior son mujeres y ellas responden por nada menos que el 70 por ciento de las remesas a nuestro país. El mayor número está repartido en cuatro destinos: Venezuela, Ecuador, Estados Unidos y España.
Las remesas constituyen hoy el segundo renglón de ingreso legal de divisas, por encima del café, con lo que bien podríamos afirmar que gracias a estas mujeres en el exterior el país marcha. Más evidente aún si tenemos en cuenta que gracias a este dinero enviado por ellas sobreviven en Colombia millones de familias, que de otra manera se encontrarían en la más absoluta miseria.
Pero no se trata para nada de un cuento de hadas. Salir de Colombia, y entrar y establecerse en el país que las recibe, es en cada caso, casi siempre, una historia cargada de sufrimientos, una batalla de heroínas anónimas. En especial para aquellas que con valentía ejemplar, y guiadas por la desesperación, toman la decisión de quedarse en países extraños de manera ilegal. Conocí casos en New York de 10 mujeres, recién llegadas de Colombia, compartiendo un cuarto miserable y durmiendo en el suelo.
Agréguele a esta moderna epopeya que las mujeres que se van de Colombia son, con mucha frecuencia, profesionales que no encuentran maneras de trabajar en su profesión y terminan de muchachas del servicio, Muy pocas en verdad logran superar esta condición, pero cualquier cosas es, sin embargo, mejor que regresar a la "patria".
Muchas veces me he preguntado como ante este inmenso drama se continúa hablando de progreso y de prosperidad en Colombia. Una clase dirigente que cínicamente festeja la exportación de sus mujeres profesionales para que se vayan a trabajar a suelos extranjeros en los oficios más bajos debería en algún momento sentir vergüenza de sus "altos logros" en materia de empleo.
Pero no sentirá vergüenza ni cosa parecida, porque a esta elite nuestra, tan adiestrada para la guerra, para el ejercicio de la corrupción y para las prácticas frívolas, poco le importa ahora, y poco le importó en el pasado, la suerte de las colombianas en el exterior.
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