Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
febrero 16/2007
Tenía que Pasar
Era inevitable que sucediera. Tarde o temprano los cartageneros se darían cuenta de que tantos años de gobiernos insensibles al crecimiento desmesurado de la miseria y de la violencia en los barrios marginales, y de dejadez y folclorismo en el manejo de lo público, terminarían produciendo un resultado final previsible: que la violencia nos arrinconaría, que el robo a mano armada y el asesinato a sangre fría invadirían incluso los barrios más exclusivos y que llegaría el día en que nadie se sentiría seguro en la ciudad que, hasta hace muy poco, fuera la más segura del país.
Ayer no más una joven profesora de la Universidad de Cartagena me decía angustiada que nunca pensó que iba a terminar viviendo con miedo en Cartagena, hasta el punto de no querer salir a la calle, y de morirse del terror cada vez que sus hijos salen a jugar con los vecinos. Y no es para menos.
El domingo pasado dos apacibles turistas europeos, mayores de edad, fueron víctimas de un atraco feroz, en el que la señora fue asesinada a tiros y el marido casi muerto, con una bala atravesada en el abdomen, por haberse negado a entregarles su dinero a dos asesinos en moto. No estaban en el Pozón ni en Nelson Mandela, por supuesto. Se encontraban caminando hacía la playa, a plena luz del día, por el camino que conduce al Cabrero.
Hacía apenas un par de meses a la anterior administradora de la Librería Abaco, la habían abaleado también a eso de las 6 de la tarde, dos asesinos en moto, y por la misma razón, por no querer entregarles su dinero. Casi muerta estuvo más de un mes en cuidados intensivos en el hospital Bocagrande. El lugar: el mismo barrio respetable del Cabrero. Podría extenderme, si tuviera más espacio, en la lista de las decenas de casos de gentes asaltadas brutalmente en dicho barrio en los últimos años, sin que a las autoridades se les haya ocurrido absolutamente nada para acabar con tanta impunidad. No hay ni ha habido un solo policía en todo el Cabrero a quien acudir, pese a que es de todos conocida la inseguridad creciente de la zona.
Pero lo increíble es que un día antes del crimen contra los europeos, en el Pie de la Popa, dos criminales en moto, asesinaban a un ex agente de la policía, para robarle $300 mil pesos. Y noticias parecidas de asaltos violentos se escuchan también en Manga y Bocagrande.
Lo dije en un artículo anterior: en Cartagena se asesina hoy, proporcionalmente, a más personas que en Bogotá o Medellín. La diferencia de fondo está en que en estas capitales han sido elegidos alcaldes que han construido proyectos de ciudades. Que no se sostienen mediante la complacencia de ciertos intereses poderosos que los aplauden o los protegen con su silencio. Alcaldes que trabajan en beneficio de sus comunidades, con políticas sociales y culturales que han logrado una notable reducción del crimen.
En estos días escuché a un periodista decir en un programa de la televisión que el alcalde Curi prometía garantizar la seguridad en el centro colonial de la ciudad. Me pareció un chiste, claro, un chiste de consecuencias trágicas. En primer lugar porque el 99 por ciento de los cartageneros no vive en dicho centro, y en segundo lugar porque muchos turistas caminan por calles y playas que no están en el corralito de piedra.
Lo vuelvo a decir: Cartagena es una ciudad de una indolencia enfermiza con las necesidades de las gentes más pobres. Su clase política en el poder ha gobernado desde hace lustros sin planeación alguna. Sus planes de desarrollo son una burla. Por eso aquí no hay programas serios para estimular el empleo, la educación, la salud ni nada.
Lo que está sucediendo es apenas el resultado natural de tanta mediocridad. Ojalá no nos quejemos cuando sea demasiado tarde.
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