Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
febrero 9/2007
Un lugar llamado anacobero
Su nombre evoca los tiempos felices de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo en los salones de baile del Caribe. Aquellos años en que se bailaba en los amaneceres, al aire libre, "Virgen de media noche", del gran Daniel Santos, el jefe mayor. Al ingresar al espacio encantado de El Anacobero, un viernes o un sábado por la noche, es como si compráramos un boleto de la maquina del tiempo. Y no es un asunto retórico. Usted puede experimentarlo en la vieja esquina del barrio Junín, de Cali, en donde funciona desde hace décadas.
El primer indicio de que hemos llegado a uno de los centros simbólicos del Caribe, y de que la imaginación lo puede todo, es el bello y alargado corredor lleno de mesas y protegido del exterior por numerosas palmeras. No importa que estemos a mil kilómetros del mar de los Caribes y mil metros por encima de él. En ningún lugar de Colombia, incluidos los barrios populares de Cartagena, se respira una atmósfera más caribeña que en este salón de baile. Pero más fascinante aún, EL Anacobero no se parece tanto al Caribe real, de todos los días, como al Caribe que nos hemos imaginado que era y que seguiremos queriendo que sea.
La primera noticia de que hemos entrado a un sitio singular es la imagen de una bellísima mulata en plena madurez, sentada sola en una de las mesitas del corredor, tomándose una copa de ron. Su belleza, por supuesto, es también de las de antes. No tiene nada que ver con la lánguida presencia de las jovencitas de hoy. Ella es como solían ser las mujeres del Caribe medio siglo atrás: anchas de caderas, rebosantes de carnes y de alegría y de sensualidad. Quizás esta mujer trabaja en una de las tantas fábricas de la ciudad y ha salido, como acostumbra a hacerlo los sábados en la noche, a bailar en El Anacobero.
Poco a poco van llegando sus habituales clientes. Son casi todos mujeres y hombres mayores de cincuenta años. De los del tiempo de la Sonora Matancera y la Billos Caracas Boys, o de un poco más tarde, de los de Ricardo Ray y Joe Cuba. Ve uno entrar, por ejemplo, a dos amigas que se instalan en una mesa y después a un hombre mayor que se hace en la barra y conversa con el mesero, y a la pareja esplendente de un negro que parece la metáfora de la elegancia caribe, con sus zapatos combinados y su chaleco de algodón cubriendo un torso fino, sin un gramo de grasa. Tendrá este hombre 60 años y su compañera es una bella rubia que ronda los 40.
La música al fondo interpreta aquel son tan oído hace ya medio siglo -me dicen- en el puerto de Buenaventura. Es Cortijo y su Combo interpretando "Déjalo que suba a la nave, déjalo que eche un pie..." en remembranza de los esclavos. Y todo el mundo baila allí, bajo la égida protectora del "Jefe", cuyo rostro inmenso, pintado en un fondo azul celeste, adorna el salón. ¡Ah, la gracia del baile! Los cuerpos que se sincronizan a la perfección y pierden edad bajo la magia de Rolando La Serie cantando "Hola, Soledad".
En esa esquina, a las 11 de la noche, la vida de afuera ha dejado de existir. Allí todos están inmersos en la pura nostalgia, agarrados al frágil hilo que los conduce al pasado, a aquellos tiempos cuando se bailaba la gran salsa, ¡y qué finos son bailando!
El lunes en la mañana volverán a ser simples trabajadores, pero ahora que los veo bailar son hombres y mujeres purísimamente libres y felices. Por eso nadie agrede a nadie, y son galantes y caballeros con las mujeres. En fin, allí se sienten en comunidad, en un ámbito de paz, en medio de tanta violencia. En realidad, lo que allí se respira es la paz alegre de los Caribes, porque, lo juro, nada es más caribe, un sábado en la noche, que el salón de baile, de la hermosa esquina del barrio Junín de Cali, llamado El Anacobero.
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