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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
febrero 2/2007


Del fuego y de las escuelas


En vísperas del Hay Festival, en los días en que la prensa anunciaba con admiración la inminente presencia en la ciudad de un grupo muy selecto de destacadísimos escritores y artistas, y cuando el jet set bogotano se aprestaba a disfrutar de un fin de semana de excitación literaria en el incomparable centro colonial de Cartagena, el Universal publicó la noticia del incendio criminal del centro comunitario del barrio de las mujeres desplazadas, recién construido en las afueras de la ciudad. Allí iba a funcionar, después de tanto esfuerzo, su escuela.


Menciono el Hay Festival, e igual podría mencionar cualquiera de los otros grandes espectáculos, con la sola intención de volver visible el carácter paródico de nuestra vida cotidiana. Al tiempo que nos ufanamos de habernos convertido en un gran centro cultural, la Atenas del Caribe, y de ser la sede de un evento que, según muchos de sus admiradores, traerá entre otros beneficios el de estimular la lectura, criminales prenden fuego al humilde local de una escuela construido con las manos de mujeres desplazadas, para que sus hijos pudieran aprender a leer.


Y es curioso el tamaño de las coincidencias, pero un día después de concluir con enorme éxito la reunión literaria, la Secretaria de Educación volvía otra vez a decir con la sinceridad que la caracteriza que no tiene dinero para arreglar las escuelas semidestruidas a las que van a aprender a leer los libros de literatura los jóvenes cartageneros, que, por supuesto, no asisten al Hay Festival.


Hace un poco más de tres meses escribí una de mis columnas sobre el barrio de las mujeres desplazadas. Lo hice conmovido y lleno de un profundo respeto por la serena espiritualidad que se respiraba en ese sitio, en sus calles anchas, en sus casitas de colores y en sus habitantes tan dispuestos a la alegría, pese a que era fácil imaginarse todo lo que habían sufrido. Hablé con sus mujeres largo rato y ellas me contaron como habían aprendido el difícil arte de la construcción para con su propio esfuerzo hacer y pegar los ladrillos de cada una de sus habitaciones. Me contaron muchas cosas, pero sobre todo me insistieron en una: que necesitaban una escuela para sus hijos y que, al parecer, nadie estaba en la disposición de ayudarlas a construirla. Me imagino que tomaron la decisión de iniciarla en el centro comunitario, un espacioso bohío, con una vista preciosa y en el que corría siempre una brisa agradable.


Llegaron gentes sórdidas y lo quemaron, para que nadie estudie, para que nadie aprenda a leer. Porque pese al entusiasmo que producen festivales como el Hay festival, una de las cosas más difíciles, más hercúleas, todavía en los inicios del siglo XXI, sigue siendo en Cartagena ir a una buena escuela y aprender con deleite a leer literatura. Me atrevería a decir que una abrumadora mayoría de sus niños tienen negada esa posibilidad.


Ironía grande es esta: muchas de esas mujeres, las de la Ciudad de las Mujeres, han llegado allí con cicatrices de la guerra, han sido en un buen número víctimas de la ferocidad de la guerra que se libra en Colombia. Y sin embargo, ríen y sueñan con escuelas en las que sus hijos aprendan literatura, para así enseñarles el camino de las cosas bellas, y, claro, el camino de la paz, que tanto buscan.


Y sin embargo ¡cuan elusiva es la paz en Colombia! Con qué facilidad se echa mano del fuego, que en nuestro caso no tiene para nada el oficio de purificar, como se lo imaginan los poetas místicos. Es fuego de verdad: el que quema, mata y destruye.


Me imagino, porque las conozco, que ellas, las mujeres desplazadas, seguirán construyendo sus escuelas e intentando sembrar la paz en el país. Ojalá lo logren.






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