Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
diciembre 28/2007
Otra Navidad
Nunca como antes -y ya eso es mucho decir en un país como Colombia- la vida ha tenido tan poco valor como en los días que corren. Ni la imaginación de Shylock, el comerciante avaro de Shakespeare, había logrado tasar la carne humana a precios tan insignificantes. Los historiadores del futuro encontrarán disponibles miles de horas de filmación de relatos escalofriantes, no tanto por los detalles impensables de la crueldad humana, como por la frialdad espantosa de los asesinos. Pero, quizás, lo que más llamará la atención de los investigadores será el estudio de los mecanismos invisibles de la psicología de los colombianos para asumir -como si nada- tal andanada de horrores y miserias. Tal degradación de la naturaleza humana.
No repetiré -porque las cosas indecentes no se deben repetir- los relatos de los jefes paramilitares, y, además, porque todos hemos sido expuestos, por desgracia, y sin poder evitarlo, a fragmentos de sus crímenes innumerables. Día tras día, y a las horas más insospechadas: a la hora del alba, y recién salidos del sueño, en las noticias tempranas; en los noticieros de mediodía y aún, cuando agotados, nos disponemos a dormir. Crímenes brutales tan numerosos, tan masivos y tan colectivos, que la dignidad del rostro humano, su individualidad, su infinito y siempre variable sufrimiento, desaparece. A cambio recibimos la abstracción de las cantidades: "Yo mandé a matar 1240" -dice uno- y el otro se vanagloria de ser el único en conocer el sitio exacto de 9 fosas comunes. Y así sucesivamente. Números, estadísticas sin nombres.
Pero, y de la vida de cada uno de esos muertos, tan parecidas a las nuestras, tan colombianos como nosotros, nada sabemos. De sus sueños truncados, de la infelicidad de sus esposas o de sus madres o de sus hermanos, de la orfandad angustiosa de sus hijos, nada. Nadie quiere saber nada. ¿Para qué?
Y como si fuera una curiosa orquestación de infamias, al mismo tiempo en que llegan a su máxima intensidad las narraciones de los paras, tiene lugar el otro gran drama, ese si con nombres propios, de los secuestrados de la FARC. En nombre de un atávico, bárbaro e igualmente criminal sentido de la justicia, mantienen hombres, mujeres e incluso niños recién nacidos, en las profundidades de la selva, atrapados en mil sufrimientos inenarrables, y lo más monstruoso, siendo completamente inocentes. Por ejemplo, ¿de qué se acusa a Clara Rojas y a su hijo? ¿Qué delitos cometieron? Condenados a vivir en campos de concentración, junto con muchos otros inocentes, en las más oscuras profundidades. Como mercancías, para el intercambio y la ganancia, y todo ello justificado por unos caricaturescos propósitos revolucionarios.
Y la infamia adquiere grados de sofisticación nunca vistos: se anuncia, como si fuera un regalo de navidad, que se liberarán tres, sólo tres escogidos al azar, de los secuestrados. Y se nos pide el agradecimiento, y hasta aparecen como héroes humanitarios Tirofijo y compañía. Vaya broma macabra, vaya refinamiento en la crueldad.
Nada hay que agradecer, excepto acompañar en este fin de año a los familiares de miles de víctimas que al fin se enteraron de cómo murieron sus seres queridos, y a los de los secuestrados que imploran su libertad. Pero sobre todo a esos seres inocentes que sufren y mueren en la selva. Acompañarlos, con lo único que nos va quedando: nuestra solidaridad.
¿Feliz navidad? Reciban todos nuestros deseos por un próximo año menos cargado de malas noticias.
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