Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
diciembre 14/2007
¡Ah, los ciudadanos!
En Cartagena se pone de moda a velocidades ultrasónicas el uso de los discursos de participación ciudadana en los círculos de poder. Para estar a tono con los progresos de la democracia en los países más avanzados, nuestros políticos, y de manera creciente los académicos que apoyan a los políticos, hablan de los ciudadanos para acá y de los ciudadanos para allá. Y todo pareciera indicar que vivimos en el puro reino de la democracia, o que estuviéramos ingresando a ella. Pero fuera de su empleo caricaturesco, para lo único que ha servido esta verborrea insana es para hacer más evidente la poca importancia que tienen los ciudadanos en las decisiones diarias de los funcionarios.
No voy a referirme a los dramas inenarrables de las gentes humildes, que por no tener la condición de ciudadanos a lo más que pueden aspirar es a la caridad del poder en forma de subsidios o de comidas gratuitas de mala calidad. En ellos es clara su ausencia de ciudadanía. Lo que me interesa mostrar, por el contrario, es cómo nosotros, es decir, esa clase media de profesionales, profesores, empleados y pequeños comerciantes, que creemos tener derechos ciudadanos no nos hemos dado cuenta que no son más que una pura ilusión.
Permítanme ilustrar lo anterior con una comparación simple y sencilla: Si en cualquier país medianamente civilizado y democrático se daña una placa en la acera de una calle transitada por numerosos caminantes, originando un hueco de casi un metro de profundidad, se corre de inmediato a repararla, para así evitar que un peatón sufra la fractura de una pierna o daños peores con una caída.
En Cartagena, en el barrio del Cabrero, estrato 5 y 6, -fíjense que no hablo de los barrios pobres condenados por la indiferencia más cruel -, una muy respetable dama, distinguida ex profesora de la Universidad de Cartagena, se quejó mediante carta al Buzón del peligro de un hueco enorme en la acera de la ahora llamada Avenida Rafael Núñez. Esta carta se publicó hace por lo menos, que yo recuerde, tres meses. Y a nadie le importa, como si no se hubiera publicado y como si el hueco no existiera. Los caminantes no tienen más remedio que tirarse a la avenida, expuestos a que los atropelle un carro o un bus, que muchas veces corren por ahí a grandes velocidades.
Daría la impresión que precisamente por el hecho de haberse atrevido esta dama a exigir su mínimo derecho a caminar sin peligro por calles en buen estado, la administración local estuviera castigándola y de paso a todos los que utilizan esa acera, entre ellos muchos turistas. Pero, creo no estar errado al pensar que eso es tan sólo una impresión. Porque en verdad la cosa es más simple: los funcionarios no tienen respeto ni consideración por los ciudadanos, vivan donde vivan, excepto por aquellos que pueden hacer uso de un privilegio, es decir los que son amigos de un concejal o del alcalde de turno y entonces echan mano de sus "influencias".
En lo que hemos terminado, pues, es en un círculo vicioso: para ser oído, es decir para tener “influencias”, usted tiene que ser amigo del concejal o del alcalde; y por supuesto, entre más servil y lagarto, mejores serán las prebendas. Con lo cual los gobernantes se acostumbran a la idea de que así funciona su relación con la sociedad, de que ellos gobiernan no sobre ciudadanos deliberantes sino sobre seres sumisos que piden cosas.
¿Y la democracia? Populismo y retórica barata. Así ha sido en estas ciudades tropicales del Caribe nuestro, y hasta ahora nada me lleva a creer que tales hábitos, quintaesencia de nuestra cultura política, van a cambiar sustancialmente.
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