Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
diciembre 7/2007
Viejos recuerdos
Escribo desde Guadalajara, una de las ciudades más viejas, más bellas y más turísticas de México. He venido aquí a pronunciar la conferencia inaugural del coloquio sobre independencias de la Feria Internacional del Libro. Esta feria es la más importante y mejor organizada del continente, y este año el país invitado fue Colombia. Los tapatíos –ese es el gentilicio de la gente de Guadalajara- tienen una gran simpatía por nuestro país y se esmeran por mostrarla a toda hora y en todas partes, pese a la pesadilla que es ir a la embajada de México en Bogotá a tramitar una visa y pese a que el narcotráfico ha desatado una ola de violencia en las calles de las ciudades mexicanas y la inseguridad se ha convertido en el problema central de la capital de la nación.
Guadalajara es como la mayoría de las ciudades antiguas de América latina, una mezcla de tradición y modernidad. Y, con todo y que hay mucha pobreza y desigualdad, no es difícil darse cuenta que los niveles de miseria son mucho más bajos que los de Cartagena, y las políticas de inclusión mucho más exitosas. Nosotros, los cartageneros, podríamos aprender cosas muy importantes, no más caminando por el viejo centro histórico de Guadalajara.
Lo primero que uno observa es la belleza y armonía de las arquitecturas de los siglos XVII y XIX de muchas calles del centro colonial. Y en sus plazas enormes y parques hermosos una riqueza de monumentos a sus héroes populares, a sus dirigentes de origen humilde que forjaron la historia de la nación. A diferencia de Cartagena, los mexicanos llenan sus lugares públicos de homenajes a sus gentes, y por eso lo primero que uno percibe visualmente es que México es muy mexicano.
Y también es posible sentirlo por el olor. Tanto en el restaurante más sencillo como en el más distinguido, la oferta gastronómica es siempre un conjunto maravilloso de platos típicos del pueblo mexicano, bautizados todos con nombres indígenas bellísimos. El esplendor y la variedad de la comida que los tapatíos le ofrecen al visitante es uno de sus patrimonios culturales más espléndidos. A diferencia de Cartagena, en cuyos restaurantes elegantes la mayoría de los platos de nuestras cocinas populares brillan por su ausencia.
Pero, nada me impresionó tanto, y me produjo mayor admiración, como la forma en que sus habitantes se apropian del espacio público. Guadalajara es un gran centro turístico, pero por encima de eso le pertenece a sus habitantes. El centro colonial sigue siendo en su totalidad de ellos. Uno ve todos los días ríos de gentes caminando por sus calles, aún por las más turísticas. Y los domingos son sencillamente maravillosos: las plazas y los parques tomados por hombres y mujeres de todas las clases sociales, pero sobre todo por los más humildes que vienen de los barrios a reír con los payasos, a cantar con los mariachis y a comer los exquisitos platos mexicanos a precios asequibles. No hay calle ni plaza ni restaurante en los que no estén los mexicanos en grandes cantidades gozando su ciudad.
Sentí una gran nostalgia al caminar por el parque de la catedral. En el centro de él hay una glorieta en la que todas las tardes una orquesta interpreta música de muchos países y en especial mexicana. De pronto me vi de niño disfrutando en el teatro Variedades de Torices una de aquellas películas en que se enfrentan en duelo musical Pedro Infante y Jorge Negrete, y, al lado mío, mi tía Olga, embelesada y enamorada de todos los charros mexicanos. Y sentí nostalgia también por aquella Cartagena menos lujosa, pero más auténtica, en la que el viejo centro colonial le pertenecía a los cartageneros, y podíamos ver a la gran Lola Beltrán en el Circo Teatro cantar “Ay cucurrucucu Paloma”.
Reforma tributaria 2007
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