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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
noviembre 30/2007


Pesadumbres cartageneras



Ayer hablé con el padre Pachito, -así lo llaman sus parroquianos de los altos de La Popa- y lo noté muy angustiado. Se disponía a subirse a un avión con destino a Bogotá, para hacer allá lo mismo que hace todo el día aquí: abogar por sus feligreses. Había también mucha rabia e impotencia en este hombre tan noble. Y la razón era apenas evidente: al lado de los fantásticos detalles de los matrimonios de los hijos de los multimillonarios y de las cenas pantagruélicas ofrecidas a los comerciantes del turismo, generosa y diligentemente financiadas por el Gobierno, cientos de cristianos en su parroquia, podríamos decir miles, están cada vez más atrapados en el círculo infernal de la miseria y son las víctimas cotidianas de la esa sí poco diligente actuación de los funcionarios del Estado.


El padre Pachito teme, enseñado por la experiencia, que los pocos dineros prometidos por Bogotá para el plan de urgencia de La Popa terminen extraviados en alguna de las oficinas locales. Y claro, él más que nadie sabe que abundan los ejemplos: tres años después de las primeras inundaciones, los más de 4 mil millones de pesos recogidos por el Colombiatón han servido para la construcción de apenas algo más de 100 casas de las 1.200 prometidas. Y Flor del Campo nada que se concluye. ¿Sabe alguien cuánto dinero se ha gastado hasta el día de hoy en esa urbanización, cuántos miles de millones van? Me cuenta el padre Pachito que algunos de sus humildes feligreses, “premiados” con las llamadas casas de Flor del Campo, no pueden con la tristeza al comprobar que la familia no cabe en ese invento perverso que es construir cajones de 34 metros cuadrados, de techos bajitos y casi sin ventanas, en climas ardientes como el nuestro. Pero, claro, no tengo dudas de que a más de un alma caritativa y bondadosa cartagenera le parecerá que son como casitas de muñeca.


El padre Pachito tiene miedo no sólo de que estos primeros dineros para la Popa se extravíen y se mal inviertan. En una ciudad que se engolosina día tras día con su propia fantasía de escenario de fiestas del jet set cachaco, y que vive la obsesiva ilusión de convertirse en un gran centro del turismo internacional cada vez que la visita un personaje de la farándula, con título de rey o de cualquier otra cosa, en una ciudad de este talante, digo, a quién le va importar montar un programa ambicioso y bien financiado para proteger y mejorar la vida de los feligreses de la parroquia de la cima de La Popa. Si ni siquiera les pagan cumplidamente el mísero subsidio de arriendo prometido a aquellos que se quedaron sin donde vivir.


Al padre Pachito lo asusta que una vez entre el largo verano, La Popa desaparezca de las urgencias de los funcionarios, y que los sesudos diagnósticos reposen de nuevo en los escritorios de los burócratas de turno. Así al menos ha pasado en ocasiones anteriores, y nada indica que no pueda pasar de nuevo. Porque hay una lógica sin corazón en la manera como se destinan los dineros públicos. ¿Cuánto se ha invertido entre la nación y el distrito en, por decir algo, los Juegos Centroamericanos y Transcaribe? Cientos de miles de millones de pesos, porque bastó una orden del señor Presidente y la plata estuvo allí sin problemas.


Sin embargo, pese a todo lo que se ha dicho y escrito sobre el peligro de La Popa para miles de personas humildes, ha sido imposible financiar un programa integral. Y no me extrañaría que el día que se haga, el día que aparezca el dinero, sea para sacar a la gente de allí y expulsarla a las afueras de la ciudad, para hacer de este bello sitio, entonces sí, una atracción turística. Razones tiene el padre Pachito para estar apesadumbrado.






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