Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
noviembre 23/2007
La cultura del maquillaje
Poco a poco y sin premeditación, más como producto del asentamiento gradual de una actitud mediocre en el manejo de los asuntos públicos, se ha impuesto en Cartagena lo que pudiéramos llamar, sin temor a errar, la cultura del maquillaje. Consiste esta en creer que la forma de resaltar su belleza estriba en ocultar o disimular sus partes feas a los ojos del visitante. Aplicada a los intereses de una ciudad del tercer mundo con vocación turística, dicha cultura puede convertirse en un conjunto de hábitos que adquieren caracteres propios de la mejor literatura esperpéntica.
Es inevitable pensarlo así al leer las declaraciones recientes de funcionarios altos del gobierno local, a propósito de las obras apresuradas que hubo que hacer en la Avenida Perimetral, con ocasión de la visita del señor Presidente, acompañado de la delegación de parlamentarios norteamericanos, y de las que se están llevando a cabo ante la próxima apertura del Congreso Mundial de Turismo. En ambos casos ha sido más que evidente que las reparaciones improvisadas se han realizado y se están realizando a velocidades vertiginosas con el afán único de embellecer aquellos lugares que serán objeto de la mirada externa.
A continuación comparto con ustedes algunas inquietudes sobre los tales maquillajes: primero, parece obvio que no se hacen pensando en las necesidades de los cartageneros. Se arregla la Avenida Perimetral única y exclusivamente porque por ella pasarán los demócratas que votarán el TLC en el parlamento estadounidense. Y se ponen maticas en la Avenida Santander, se limpian las estatuas en el viejo Centro y se medio arregla la entrada de Bocagrande porque por allí transitarán los delegados que vienen de todos los lugares del mundo a reunirse en Cartagena.
Segundo, por la misma razón se trabaja sólo en estos sectores y pare de contar. Es decir, aquellas calles por las que no transitarán dichos personajes, pero sí a diario los cientos de miles de cartageneros, seguirán igual de destrozadas, y los parques y las estatuas de todos los demás barrios, en estado deplorable en medio de la indiferencia gubernamental.
Tercero, como a fin de cuentas lo que importa es lucir bien durante la ocasión, no se piensa en soluciones de fondo, ni siquiera para esos lugares que serán visitados o transitados. Simplemente se maquillan, es decir, se ocultan transitoriamente sus fealdades.
Cuarto, al no planearse nada, al actuar por razones meramente coyunturales y al no tener ningún valor los intereses de los ciudadanos, el maquillaje que se le aplica a las calles, plazas y avenidas dura lo que un merengue en la puerta de una escuela. Las matas se mueren por falta de atención, la capa de brea se destroza con los primeros aguaceros y los monumentos vuelven a la suciedad de siempre una vez los visitantes regresan a su destino.
Quinto, suele pasar que tanto el funcionario de turno como el contratista hacen un negocio redondo y el Distrito malbarata sin asco su presupuesto, en una ciudad asediada por la miseria y el abandono.
Ahora bien, llegado a este punto debo decir que quizás lo peor que tiene la cultura del maquillaje es que es de su propia esencia el cultivo de la superficialidad. Se vuelve tan superficial la imagen de “ciudad bella” que sólo aquellos que viven de venderla al turista dispuesto a comprar fantasías se benefician de ella. Los demás estamos condenados a padecerla, y de qué manera.
Nota aparte: aterrador el asesinato en las últimas semanas de 18 mujeres en Antioquia. Y más miedoso aún que no sepamos gran cosa sobre estos crímenes en masa. Otra muestra más del horror de nuestra violencia cotidiana.
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