Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
noviembre 9/2007
¿Quién se acuerda del Colombiatón?
Debo confesar que escribo esta columna con desaliento y tristeza. Y agregar, además, que no puedo, pese a que quisiera hacerlo, evitar la nota pesimista ahora que todos parecen, repentinamente, inspirados en un optimismo contagioso. Porque, para bien o para mal, si algo caracteriza a este Caribe nuestro es la facilidad con la que olvida y la ligereza con la que concibe nuevas esperanzas. Quizás sea el efecto de esta última semana de grandes lluvias y de cielos plomizos o quizás, además, la comprobación, otra vez, de que la vida de los cientos de miles de personas humildes que habitan esta ciudad tiene tan poca importancia para su clase dirigente, que ni siquiera la peor de las tragedias, previsible y anunciada, la conmueve.
Podría traer a cuento las estadísticas del drama de las últimas inundaciones, es decir podría cuantificar las miles de personas que están en los albergues, viviendo en condiciones precarias, sin casas a las que volver; podría, en efecto, referirme a los muchos que morirán silenciosamente, víctimas de las enfermedades y del hambre, en los próximos meses; a los numerosos barrios que tendrán que soportar los cortes de luz y de agua prolongados; y a los que seguirán viviendo al borde de los precipicios, en el terror inevitable por una nueva lluvia y de un deslizamiento de tierra que acabe con su pobre vivienda. Pero no lo voy a hacer, porque sería tanto como repetir lo dicho hace exactamente tres años atrás.
De modo que prefiero referirme hoy a la frágil memoria de los cartageneros, sobre todo ante el anuncio de que el gobierno nacional se encargará definitivamente de La Popa. ¿Recuerda alguien al Presidente de la República proponiendo soluciones definitivas, en su tono más enérgico, desde las cumbres de La Popa, en aquel noviembre aciago de hace tres años? ¿Y lo recuerdan poco después dirigiendo el Colombiatón, al que acudieron tantos colombianos a contribuir con sus recursos?
Es curioso, pero he leído con atención las noticias, las columnas de opinión y los editoriales de la prensa escrita, y he oído las noticias de la radio y visto las imágenes de la televisión, y casi nadie ha mencionado al Colombiatón. Como si nos resultara más cómodo borrarlo de nuestra memoria, hacernos como si nunca hubiera existido, como si nos diera vergüenza recordar.
Y no es para menos: miles de millones de pesos recolectados para construir casas para responder a una emergencia social, a una calamidad sin precedentes, y todavía tres años después no hay, óigase bien, una sola vivienda construida. Y es tan penoso, y tan propio de nuestro tropicalismo, que hoy, cuando esas familias que están en los coliseos debieran estar en las casas del proyecto Colombiatón, simplemente lo omitimos.
A nadie se le ocurre que hay mínimas responsabilidades. El presidente vuelve al lugar de la escena y promete soluciones, pero, por supuesto, olvida el Colombiatón; el Alcalde, complacido porque el presidente se encargará de La Popa, como si no fuera una responsabilidad de las autoridades cartageneras; y los medios de comunicación, más interesados en explotar la cara amable de nuestro despelote caribe: las cumbiambas incesantes.
¿Quién sabe hoy en qué va Colombiatón? Por ejemplo, ¿alguien se ha preguntado para qué alcanzará la plata recogida hace tres años? ¿Cuánto se perdió en el fracaso anunciado de las tierras con depósitos de tóxicos peligrosos? Sobrarán las excusas y las predicciones optimistas, pero qué extraño que nadie diga una palabra sobre las viejas promesas del Presidente de hace tres años de encontrar soluciones rápidas y definitivas, y que nadie mencione el terrible fracaso del Colombiatón.
Pero somos Caribe, ¿verdad?: todo se olvidará, otra vez, entre reinas y cumbiambas.
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