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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
octubre 12/2007


¿A dónde vamos?



En las dos últimas semanas políticos de distintas vertientes han planteado públicamente la necesidad de explorar fórmulas para unir esfuerzos con el objeto de derrotar a un candidato, al que se le acusa de ser el favorito de la administración y, como tal, de beneficiarse de los contratos y de otras prerrogativas oficiales. En otras palabras, se ha planteado una especie de cruzada contra la corrupción política, encarnada –según sus contradictores- en este candidato, que lidera todas las encuestas realizadas hasta ahora. En unas con ventajas muy grandes y en otras con márgenes muy estrechos.


Estos llamados no tendrían nada de extraño, a juzgar por nuestra tradición política, cada vez menos seria, de alianzas inspiradas en el reparto del botín y ajenas a consideraciones programáticas. Lo hemos visto hacer tantas veces que con razón dejaron de inspirar entusiasmo alguno, hasta el punto de que los políticos decidieron actuar con total descaro. Así, estamos acostumbrados a que faltando algunas pocas semanas para la culminación del certamen electoral, los candidatos de menor votación negocien sus porcentajes en las encuestas con aquellos que lucen como posibles ganadores. Nada importa que unos días antes diera la impresión de existir barreras infranqueables de carácter programático y ético entre los exitosos negociadores de tales alianzas.


¿Cómo pueden aparecer ante la opinión pública, cogidos ahora de la mano, políticos que simbolizan prácticas electorales y principios tan diferentes? ¿Cómo justificar que quienes representan la lucha contra el clientelismo y la corrupción repentinamente se encuentren del lado de quienes, por el contrario, simbolizan, con razón o sin ella, la política hecha con base en la compra de votos? ¿Es acaso suficiente justificación el objetivo de derrotar el continuismo y los privilegios mal habidos del poder? Volvemos a la vieja pregunta: ¿el fin justifica los medios? ¿Es necesario apoyarse en los corruptos para derrotar la corrupción? ¿Y el precio? Es decir, ¿qué precio habrá que pagar para derrotar de esa manera al otro?


Creo que el peor daño que le hemos hecho a la política en Cartagena ha sido la complacencia con la que hemos practicado por décadas la teoría de escoger el “mal menor”. Gentes de bien, con capacidad de decisión, en vez de luchar radicalmente contra el creciente dominio de la corrupción en los organismos de gobierno local han preferido “adaptarse” a la situación, apoyando, con provecho propio, al por ellos considerado “menos malo”. Por ese camino llegamos a tal punto que en las elecciones a alcalde se apoyaba a un corrupto con el argumento de que lo era menos que los demás.


Hoy cuando la suciedad de la política cartagenera se volvió tan fétida, que su olor espanta hasta a los más indiferentes, podríamos caer en las mismas prácticas: la unión de todos contra el favorito, sin pensar si al hacerlo estamos de alguna manera practicando lo mismo que se crítica: renunciando a los principios, uniéndonos con corruptos que luego pasarán la cuenta, y todo por la obsesión de ganar a como de lugar.


Para mí tengo que, incluso visto pragmáticamente, es la manera más triste de perder. Construir la credibilidad de un movimiento es hoy tarea muy difícil, porque nadie quiere creer ya en nada. Miopía grande es no darse cuenta que aquellos movimientos jóvenes de derecha, de izquierda o de centro, que quieren convencer a los electores de su lucha sincera contra la corrupción y por unos ideales de buen gobierno tienen mucho que perder con tales alianzas. Con razón el electorado se ha vuelto tan cauto a la hora de entregar su corazón a los políticos. Con cosas así, no vale la pena.





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