Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
octubre 05/2007
A pocos días de las elecciones
A menos de un mes de las elecciones el panorama luce tan mustio y tan gris como al principio. Nada de fondo logra arraigarse y dar señales de vida en la franja grande de cartageneros que expresan en las distintas encuestas su indiferencia por un certamen que parece no tocarlos. Simplemente miran con tan poco interés los enfrentamientos de los candidatos, sus discursos, sus retóricas vacías y repetitivas, que nada parece indicar que cambiarán de opinión en las próximas semanas. A veces tengo el temor que esa franja de los que no quieren votar o votarán en blanco termine creciendo en vez de reducirse.
¿Por qué entre nosotros es tan persistente y tan extendida esa indiferencia? Cuando veo, por ejemplo, las encuestas en Bogotá o Medellín, los porcentajes de la población que se espera no vote son relativamente bajos. Da la sensación de que en estas ciudades hubiera alternativas claras, es decir, que el electorado entendiera o intuyera las diferencias entre los candidatos y apostará por uno u otro. No es tan común que el día de las elecciones los electores se queden en su casa viendo el partido de fútbol o que, como muchos cartageneros educados y prósperos, se vayan de paseo a sus casas de campo.
Todos sabemos que al alcalde Curí lo eligió menos del 10 por ciento del electorado de la ciudad. ¡Caramba! Más de un 90 por ciento no lo quería, y sin embargo tuvo que resignarse a tenerlo de alcalde. La falta de grandeza de su gobierno ha sido el comentario de todos los días: la miseria, la suciedad y, en general, la ausencia de bienestar para la mayoría de los cartageneros, son cada vez más notorias.
Y pese a lo anterior, no me extrañaría que, a juzgar por las encuestas recientes, lleguemos a un resultado parecido: ninguno de los candidatos ha obtenido una opinión favorable que se acerque al 30 por ciento, y casi siempre, incluso los más favorecidos, están por debajo del 20 por ciento. La abstención sigue siendo el gran protagonista. Vale la pena, pues, volver a la pregunta: ¿por qué es así en Cartagena?
Seguramente son varios, y no uno solo, los factores que explican esta suerte de indiferencia que afecta a todos los sectores de la sociedad cartagenera a la hora de votar para elegir a su alcalde. Pero, de esa multiplicidad de factores a mí me interesa destacar el siguiente: los candidatos se la pasan acusándose los unos a los otros de corruptos. Se dicen toda clase de cosas, se injurian y, según el decir de algunos, se calumnian sin conmiseración. De tal forma que acerca de sus programas, es decir, sobre lo que deben hablar, no hablan.
En mi opinión esta es una atmósfera que le sirve precisamente a aquellos que siendo muy corruptos tienen además el mayor poder, ya sea económico o político. Y lo digo porque es evidente, hasta la saciedad, que para la generalidad de los cartageneros ser político es sinónimo de corrompido. De modo que todas estas peloteras y acusaciones mutuas solo sirven para que la gente confirme lo que ya cree de antemano, y termine erróneamente pensando, en medio de la confusión general, que todos son iguales.
¿Qué proponen los candidatos, más allá de las generalidades, por ejemplo, sobre Transcaribe, sobre los programas de vivienda social, sobre el tipo de turismo que crece sin planeación alguna en Cartagena, sobre la amenaza de una política portuaria que no beneficia a los caribeños, y, sobre todo, que piensan y que proponen sobre el gran problema de la ciudad: su infame y creciente pobreza?
Sobre esos puntos necesitamos más y más debates, serios y bien promocionados. ¿Cómo, sino, van los ciudadanos, y en especial los jóvenes, a formarse una opinión en favor de los más honestos?
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