Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
septiembre 14/2007
El voto de las clases media y altas
En un reciente editorial dejaba constancia el editorialista de este periódico de su sorpresa, y hasta cierto punto de su desconcierto, por uno de los resultados de la reciente encuesta aplicada por la empresa Criterium para determinar las posibles conductas de los electores en la ciudad de Cartagena durante las próximas elecciones. Se refería al significativo hecho de que los resultados de la encuesta revelaban que más de la mitad de los potenciales votantes de clase media y alta estaban en la disposición de vender su voto.
Comentaba el editorialista que le parecía comprensible que cerca del 70 por ciento de los votantes de las clases bajas estuvieran en la misma tónica, ya que a fin de cuentas la miseria, y me imagino la falta de educación, hacían posible tal comercio; pero, se preguntaba al mismo tiempo, ¿cómo entender que profesionales exitosos y cultos, que empresarios prósperos y que incluso distinguidos miembros de la academia pudieran estar en la actitud de vender su voto?
Para mí que en la respuesta a esta pregunta está una de las claves del asunto tan comentado, y al mismo tiempo tan poco estudiado, de la corrupción electoral. Y para tratar de responderla, yo debo comenzar por decir que no me sorprende en absoluto que la encuesta haya mostrado un número tan grande de personas de estratos altos dispuestos a negociar su voto. Y no me sorprende porque al menos en tres de mi columnas he hablado claramente de cómo entre empresarios, profesionales y académicos existe un clientelismo de peor calaña que el que tiene lugar entre las gentes humildes, sólo que se hace de manera más hipócrita y disfrazada, en muchos casos.
Es claro que no todos los empresarios, profesionales y académicos venden su conciencia al mejor postor, como tampoco lo hacen todos los pobres; y es claro también que los primeros no se paran en una esquina a esperar a que llegue el lugarteniente del político a ofrecerle los 50 mil pesos por su voto. Pero es muy cierto también que un número importante de ellos invierten dinero, hacen proselitismo disimulado o público y votan por candidatos que de sobra se sabe son personas poco recomendables por la sola razón del interés mezquino de un buen contrato, de un buen puesto o porque vale la pena tener un funcionario que se haga el de la vista gorda con algunas irregularidades, con el pago de ciertos impuestos, etc., etc., etc.
Además de que está el hecho terrible, y que no deberíamos olvidar nunca, de los viejos métodos de financiación colectiva. Me refiero a aquellos años en los que se aclimató la compra directa de votos en los barrios populares. No existía en ese entonces la figura criminal del financista, y la plata se recogía entre los profesionales y empresarios amigos del movimiento o del candidato en cuestión. Todavía se sigue recogiendo.
La compra-venta de votos en sus distintas modalidades es la forma principal como se hace la política en Cartagena: Eso lo sabemos todos, y no hay lugar al engaño en esta materia. Sin embargo, me parece muy bueno que la encuesta lo muestre y mucho más que nuestro editorialista se refiera en particular al papel de las clases altas y medias en la corrupción de la política.
Muy bueno porque para erradicar un mal hay que comenzar por denunciarlo públicamente y hacer que la sociedad tome conciencia de ello. Bastaría que empresarios, profesionales y académicos tomaran la decisión colectiva de apoyar públicamente a un candidato probadamente honesto y capaz para que las cosas comiencen a cambiar en nuestra ciudad.
Por lo pronto es bueno saber que no sólo los pobres están dispuestos a vender su voto en Cartagena. Que la tragedia de una democracia corrompida radica no sólo en ellos.
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