Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
septiembre 7/2007
Elecciones y democracia
En su última columna Hernando Gómez Buendía advirtió sobre el peligro de unas elecciones corrompidas. Peligro representado en lo que él llamó un catálogo de trampas: "inscripciones ilegales (medio millón de cédulas), trasteo de votantes (en 716 municipios), suplantación de electores, publicidad mentirosa, compraventa del voto, falsificación de formularios, compra de jurados, chanchullos de conteo y rabuladas a granel, para no hablar de pactos serrucheros y abusos del presupuesto, menos aún de asesinatos e intimidación de candidatos y comunidades". Además de todas estas prácticas criminales, de hondo arraigo en nuestras colectividades, agregó el doctor Gómez Buendía dos vicios comunes: "el clientelismo para los pobres y el contratismo para los ricos".
En cualquier sociedad medianamente desarrollada un prontuario de tal naturaleza provocaría en sus miembros sentimientos de repulsión y deseos irreprimibles de transformación, de cambio del estado de cosas. En Cartagena, por el contrario, estamos tan acostumbrados a la corrupción electoral que para muchos esto es como llover sobre mojado. Como si nada estuviera pasando. Esa aparente indeferencia de una buena parte de los cartageneros ante la corrupción provoca en mí las siguientes reflexiones, que quiero compartir con ustedes:
Primera: Nada de lo que muestra el doctor Gómez Buendía es nuevo en la política colombiana. Al contrario, es tan viejo como su democracia, sólo que ha habido períodos en los que han predominado unas trampas sobre otras. Ni siquiera lo que el notable columnista cree que es nuevo, como la presión de los grupos armados, lo es realmente. No hay sino que leer La Manuela, la clásica novela del siglo XIX, para encontrar ya en una fecha tan temprana, es decir a apenas escasas décadas de habernos convertido en una república, la narración de la práctica generalizada de todas esas trampas y vicios, incluida la presión de los grupos armados. O si ustedes quieren recordar, en fechas más cercanas, la violencia atroz en épocas de elecciones, antes, durante e inmediatamente después del período llamado de La Violencia. De modo que cualquier análisis serio debería aceptar que tales conductas son consustanciales a nuestra democracia. Todo depende de las circunstancias para que afloren.
Desde el siglo XIX ha habido trampas y vicios en las elecciones colombianas, ha habido corrupción y violencia. Y no se trata de las gentes del pueblo que venden su voto, se trata de la clase política que con la complacencia de amplios sectores de la academia, del empresariado, de los medios de comunicación, hizo de las elecciones colombianas una práctica poco democrática y sucia.
Segunda: Hoy nos asusta y nos escandaliza porque estamos en uno de esos períodos de profunda crisis en los que suele estar la democracia en nuestro país. Y como siempre, incapaces de encontrar soluciones negociadas, los políticos acuden a las peores manifestaciones de la violencia para conservar un orden o para destruirlo, y muchas veces tan sólo para disputarse el manejo del poder.
Tercera: Seguiremos viviendo estos ciclos periódicos de exacerbada corrupción y violencia hasta que comencemos por aceptar la verdad elemental de que estas no se originan entre las gentes humildes, que venden su voto, sino entre los empresarios y políticos exitosos que financian las millonarias campañas electorales y muchas veces la violencia.
Una manera sencilla de encontrar a los culpables del deterioro profundo de nuestra democracia es por el método de identificar quiénes se benefician de las trampas y los vicios. Y en definitiva todos sabemos que no son precisamente los pobres.
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