Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
agosto 31/2007
Política social e indiferencia
Quizás la noticia no impresiona ya a nadie, porque que a un niño lo mate un deslizamiento de tierras en las laderas de la Popa, allí donde aparentemente estaba cobijado por su miserable vivienda, y que hubiera que desenterrarlo, literalmente del fango, tiene hoy menos importancia que la elección de una señorita Cartagena negra o que las opiniones insustanciales de la mayoría de los candidatos a la Alcaldía.
La dureza del invierno ha causado toda clase de estragos en los barrios pobres. Cientos de viviendas anegadas por las lluvias torrenciales, cientos de cartageneros humildes obligados a vivir en campamentos improvisados, niños y ancianos víctimas de las enfermedades, y cientos obligados a permanecer en medio del peligro, por no tener un lugar adonde ir. En estos días algunos de los que han recibido el mísero subsidio de vivienda de $80.000 pesos se quejaban amargamente de que no han podido abandonar sus hogares inservibles porque con esa suma de dinero es muy difícil arrendar una casa, ni siquiera en las barriadas más pobres.
Pero, claro, en el fondo nada de esto es realmente noticia, por la sencilla razón de que nos han convencido de que es natural e inevitable que estas cosas pasen. Que se mueran los niños sepultados por el fango, que se declaren epidemias en las zonas inundadas y que miles de personas tengan que resignarse a vivir como los cerdos, entre la suciedad y las aguas putrefactas, es cosa que no motiva a mayor preocupación porque, más de uno, ingenua o malignamente, cree, como me dijo alguna vez un conocido empresario, que los pobres son más felices y tienen menos problemas que los ricos.
Es esa misma lógica perversa la que explica que en Cartagena, quizá como en ninguna otra ciudad del país, la construcción de vivienda social presente unos índices tan bajos, y también el hecho de que con los dineros depositados desde hace ya tres años no se haya construido una sola casa del proyecto de Colombiatón. La última demora de meses fue explicada con el argumento de que la cuenta de la Alcaldía en la que estaban depositados los dineros había sido embargada.
Pero peor aún, vivimos en una sociedad, cosa que yo nunca voy a entender, a la que le parece lógico y festeja que sus autoridades locales hagan de la realización de los juegos centroamericanos y de unas obras de embellecimiento urbano prioridades en las que se invierten cientos de miles de millones de pesos, al mismo tiempo que la inversión en el bienestar social de las gentes más necesitadas se reduce a cero, hasta el extremo de que no hay con que construir unas viviendas dignas ni escuelas ni hospitales ni nada que los favorezca.
Ahora bien, el descalabro de la política social en Cartagena ha llegado hasta el punto en el que nada explica cómo es posible que año tras año se realicen foros, seminarios, conferencias y se escriban artículos de prensa por toneladas sobre la inminente desgracia de las zonas inundables y de deslizamiento como la Popa, sin que esta gravísima situación merezca el más mínimo esfuerzo en busca de una solución.
¿A dónde vamos? Previsiblemente al desastre, es decir a un desastre mayor, mucho mayor, del que hoy contemplamos. Sólo nos salva un cambio radical de política, pero ¿y cómo lo vamos a lograr si con justa razón esa pobre gente no cree ni quiere creer ya en nada ni en nadie?
Mucha razón tienen los que afirman que si de algo se beneficia la intolerable corrupción política de los dirigentes de esta ciudad es de mantener a nuestra pobre gente en la miseria y la degradación. Así de perversas son las cosas. No nos queda, pues, más que insistir y esperar un milagro.
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