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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
agosto 24/2007


La comercialización de los avales



Quizás nada muestra de mejor manera el grado de banalización y de comercialización de la política que el otorgamiento de los avales. De una época en que los candidatos se inscribían casi todos bajo el nombre de los partidos tradicionales, liberal y conservador, hemos pasado rápidamente a un sistema en el que, al lado de aquellos surgieron simples maquinarías electorales, cuyo único fin es el de conseguir el mayor número de votos.


Cierto es que los partidos tradicionales habían llegado al límite de su agotamiento y de su insignificancia, hasta el punto que en las últimas elecciones ganaron la presidencia de la república los candidatos más exitosos en abrigar sus candidaturas bajo el manto de frentes amplios, y en algunos casos, como el del mismo presidente Uribe, claramente distanciados de dichos partidos. Sin embargo, y pese a su profunda decadencia, liberales y conservadores, sobre todo sus viejos y leales militantes, siguen respondiendo a memorias colectivas cargadas de significación.


Por el contrario Cambio Radical, Convergencia Liberal, el Partido de la U, Alas Colombia, y tantos otros grupos y grupúsculos en los que se han atomizado los viejos partidos no le dicen nada a nadie, ni suscitan emociones ni lealtades. No pasan de ser más que empresas electorales, algunas de ellas bastante grandes, por supuesto, conformadas por barones electorales, cada uno con su electorado propio. No cometa usted la ingenuidad de preguntar por los programas de estas maquinarías de producir votos. Si existen, a nadie le importan, comenzando por sus propios jefes.


Quizás a lo anterior se deba esta nueva cultura política a la que los colombianos no terminan de acostumbrarse. Me refiero al cinismo con el que los políticos transitan ahora de un grupo a otro, ya que como de lo que se trata es de conseguir un aval, sea cual sea, lo mismo da que lo otorgue Cambio Radical o el Partido de la U o los afros o los indígenas. Cuánto pagaron algunos políticos por los avales es cosa que no sabemos; pero también es verdad que con frecuencia el grupo en cuestión, ávido de sumar votos, concede su patrocinio sin importarle en absoluto las calidades morales o intelectuales de sus avalados. Práctica en la que los partidos tradicionales, por su parte, no se han quedado atrás.


El resultado final de todo esto es que la política electoral colombiana cumple cada vez menos la función de consolidar la democracia. Podría decirse que, paradójicamente, cumple el papel contrario: el de desprestigiarla aún más.


Nadie debería llamarse a engaño: los colombianos, y en particular los cartageneros, están cada vez más cansados de la corrupción y del cinismo de sus políticos. Los nuevos movimientos independientes tienen que trabajar muy fuerte para lograr cambiar los síntomas de desafecto de nuestros ciudadanos por la política, y para lograrlo tienen que ser capaces de diferenciarse, es decir de no imitar a quienes sólo les interesa acumular votos. Sus candidatos tienen que ser de una honestidad a toda prueba y de un pasado absolutamente limpio, y deben estar guiados por el entusiasmo de defender un programa serio, que refleje los intereses de las distintas capas de la sociedad.


Si los nuevos movimientos sacrifican los principios por unos cuantos votos mal habidos, si sus candidatos se olvidan de combatir frontalmente la corrupción tanto del sector público como del privado, y de defender un programa para la gente, la gran oportunidad de construir un movimiento democrático alternativo fuerte se habrá perdido una vez más. Entre otras cosas porque la sabiduría popular pensará, con tristeza, que nada ha cambiado. Los candidatos anticorrupción tienen, pues, que volver creíble su bandera política. De ellos depende.






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