Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
julio 12/2007
El documental de Pirry
En decenas de columnas me he referido al problema de la miseria creciente en Cartagena y, en particular, a las gravísimas consecuencias de tal situación, difíciles de ignorar. En la misma dirección ha publicado este periódico una gran cantidad de editoriales y de crónicas acerca de la dramática condición social de la mayoría de los cartageneros. Sin embargo, nada parece suceder, y lo más grave es que fuera de ofrecer almuerzos gratis a un sector de la población, no hay un solo programa serio de la administración local, coordinado con el sector privado, para intervenir decisivamente con el propósito de reducir drásticamente el horror de la miseria.
De modo que quizá lo nuevo del tan comentado documental de Pirry no es que nos mostrara por primera vez las terribles manifestaciones de la pobreza, tales como las pandillas y la prostitución, sino el dramatismo de las imágenes. No sólo los cartageneros, sino los colombianos en general, han sido enfrentados visualmente a la brutalidad de los contrastes de las relaciones sociales en la urbe turística. Millones y millones de compatriotas vieron en el horario triple A de la televisión el mal que crece sin remedio alguno en los barrios de la ciudad: los jóvenes sin colegio, adiestrados por las pandillas y los proxenetas, en sus precarias condiciones de vida, y padeciendo las peores formas de la exclusión.
No obstante sus inocultables méritos, el documental me dejó un sabor amargo, porque sentí, quizás sin que hubiera sido esta la intención de su director, que la juventud de piel negra de los barrios populares de la ciudad quedaba reducida a la condición de bandidos y prostitutas. Y todos sabemos que no es así. Quienes se dedican a estas actividades siguen siendo una minoría muy pequeña del conjunto de afro descendientes cartageneros. Tenerlo presente es en mi opinión un asunto crucial.
La inmensa mayoría de los pobres son gente buena, pacífica y trabajadora, y muchos de los jóvenes en estos barrios están comprometidos, con esfuerzos admirables, en mejorar sus vidas por medio de los estudios y del trabajo. Lo que es singularmente grave en nuestro caso no es que los negros estén condenados al bandidaje y a la prostitución, sino que al paso que vamos, si no reaccionamos con prontitud, las otras alternativas serán cada vez más reducidas. Es decir, que estamos a tiempo de fortalecer el proceso de construcción ciudadana y de poner en marcha políticas contra la pobreza y sus males, pero no hacemos nada significativo.
A algunos les preocupa el impacto del documental en la formación de una imagen de Cartagena. Y tienen razón, sobre todo porque nos estamos convirtiendo en una especie de símbolo nacional de la inequidad social y de la discriminación y la exclusión de los más humildes. Empero, más nos debiera preocupar la realidad, el contenido real del drama cartagenero, el creciente y alarmante deterioro de las condiciones de vida de cientos de miles de hombres y mujeres. La verdad es que si hoy siguen siendo todavía una minoría los jóvenes que se dedican al pandillaje y la prostitución, no me extrañaría que en el día de mañana nos enfrentemos a un crecimiento desmesurado de tales prácticas. ¿Y el Alcalde y su flamante gabinete, qué tienen que decir? ¿Y los señores empresarios, en especial los ligados a la actividad turística? Felices, al parecer, preparando el próximo gran show turístico… con presidentes y reyes a bordo.
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