Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
junio 22/2007
Como en película
En una extraordinaria y brutal película iraní, "Las tortugas también vuelan", el director es capaz de captar una zona de la experiencia humana, con notables parecidos a lo que sucede hoy en Colombia. Se trata de un argumento muy simple: en la remota frontera de los kurdos, un grupo grande de niños vive en un campo de sobrevivientes, al lado de una aldea. De la manera más natural, el director nos enfrenta con el horror y las pesadillas de la guerra: niños sin brazos sobreviven desenterrando minas norteamericanas, para venderlas en el mercado negro. Y niñas violadas sueñan con asesinar a sus hijos.
Los señores de la aldea, sin embargo, parecen tan acostumbrados a una rutina diaria que se les olvida que están viviendo las consecuencias de una pavorosa conflagración militar, que ha durado por décadas sin extinguirse completamente. Y nada los obsesiona más que oír las noticias. Como si no les bastara el infierno que tienen a su lado, quieren saber que pasará de nuevo, si habrá guerra, si llegarán los norteamericanos, si tumbarán a Hussein, etc.
Al principio, la película adopta una atmósfera bastante festiva, y la narración tiene mucho humor, pero hay un momento en que ni los actores ni el público que la mira pueden reírse más. Sencillamente, el horror es tan sólido, que no permite fisura alguna para escaparse de él.
Viendo este film pensé en la todavía tragicómica realidad colombiana. En medio de los pavorosos crímenes de todos los días, y de los escándalos de corrupción, que se suceden unos tras otros, los grandes cínicos de la comedia nacional salen festivamente y nos dicen, tan campantes en los medios de comunicación, que no nos preocupemos, que el país marcha bastante bien, y que la prosperidad y el progreso nos abruman. ¿Acaso no viven en Cartagena felices y seguras grandes personalidades, y no estuvo aquí la semana pasada el gran actor Mel Gibson?
Todavía hacemos chistes y esperamos ansiosos la hora de los noticieros para oír las noticias del día, para saber a quién metieron preso, con qué nuevo paramilitar se reunió el presidente Uribe, o qué nueva fosa común descubrieron, dónde y con cuántos cuerpos destrozados. Nos gusta también, claro, disfrutar del relato detallado en los semanarios capitalinos de criminales distinguidos como el señor Mancuso o Jorge Cuarenta. Y de las peleas entre el primero y Ochoa Vasco acerca de quien está echando más mentiras u ocultando más crímenes.
En realidad, la gran pasión nacional en los tiempos que corren es cada vez menos el fútbol y cada vez más los chismes del proceso de paz. Entre otras cosas porque el señor Uribe anima las pantallas y las emisoras con sus místicas contraofensivas. Lo fascinante es que, como en la película iraní sobre los kurdos, en medio de la obsesión por las noticias que nos sumergen en el fango, hemos perdido la noción de que estamos atrapados, desde hace largo rato, en una guerra atroz. Y, lo peor, olvidamos que nosotros, los colombianos, somos todos, al igual que los kurdos de la frontera Irak-Irán, una despreciable y, a veces, dantesca noticia de la guerra sucia para el resto del mundo civilizado.
La capacidad de engañarse uno mismo es uno de los rasgos fascinantes de la personalidad humana, y quizás su mejor recurso de sobrevivencia contra los avatares de la depresión. Es probable que nada hayamos aprendido mejor los colombianos educados, que habitamos las ciudades, que el arte cínico de ignorar la aplastante realidad de todos los días: violenta, bestial y corrupta.
Ahora bien, como en la tremenda película sobre los kurdos, presiento que en Colombia, la atmósfera festiva se acabará en cualquier momento, el cinismo perderá su repulsivo encanto, y entonces nos tocará a la fuerza ponernos serios. Claro, como siempre, será ya demasiado tarde.
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