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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
junio 08/2007


Nada que celebrar



Ayer se celebró en el mundo el día del medio ambiente, en momentos de una clara conciencia acerca de la importancia central que tiene para la humanidad frenar a cualquier costo los daños irreparables que amenazan con volver inhabitable la tierra. Cualquiera que asista a la proyección del magnífico documental "Una verdad incomoda" del ex vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore, saldrá apesadumbrado por la certeza de que no se trata ya de predicciones para un futuro lejano o de relatos de ciencia ficción. Por el contrario lo que esta maravillosa y aterradora película muestra es que no sólo estamos próximo a la catástrofe general sino, peor aún, que esta ya comenzó.


Pese a tantas evidencias científicas que muestran hasta la saciedad que tenemos que actuar ya, sin más dilaciones, en un esfuerzo colectivo por salvar el planeta de las gravísimas consecuencias de una modernidad y de un progreso mal entendidos, que ocasionan a diario destrucciones mayúsculas de los recursos naturales y desequilibrios monstruosos en nuestra ecología, pese a tales incontestables pruebas, Colombia sigue teniendo uno de los registros más negativos y lamentables en materia de políticas de conservación del medio ambiente.


Nada hacemos para proteger nuestros grandes bosques, para evitar el deshielo progresivo de nuestros soberbios nevados, ni para preservar nuestras numerosas corrientes de agua. ¿Qué importancia puede tener el equilibrio natural ante el tamaño de los desequilibrios sociales? En medio del horror social de la vida diaria colombiana, untada de crímenes por sus cuatro costados, de corrupción inimaginable y de una política, que ante el tamaño de su propio deterioro, se vuelve cada vez más inútil y bufa, ¿qué importancia, me pregunto, se le va a conceder a la conservación de los árboles y los riachuelos? Me temo que ninguna.


¿Y Cartagena, la inefable Cartagena? ¿Quién defiende aquí nuestro medio ambiente? Gracias a la lucha diaria, valerosa y admirable de mi apreciado amigo Rafael Vergara el desastre entre nosotros no ha sido total. Porque debe ser dicho con total franqueza: dudo que haya gentes más indiferentes a la conservación de su entorno que los sectores medios y altos de esta arcadia inmóvil. Pareciera que nada las conmoviera más allá del logro de sus particulares y pequeños intereses. La desaparición radical de la arborización en los espacios públicos les parece cosa de poca monta, el relleno arbitrario de las zonas de aguas y de mangles a lo largo y ancho de la ciudad, por invasores pequeños y grandes, que se apropian y rellenan franjas y franjas de terrenos de la nación, se contempla por los gobernantes de turno con la negligencia de quienes sólo utilizan la autoridad para beneficio propio. Y el absoluto caos de nuestro crecimiento urbanístico no parece mosquear a los felices empresarios.


Día tras día contemplo desde mi terraza no sólo el arrasamiento de los mangles del Cabrero, sino el implacable relleno del lago a punta de escombros, hierro y toda clase de desechos prohibidos. Y todo para construir una carretera por la que transitarán a diario decenas de buses que harán del proyectado paseo peatonal una grotesca caricatura. Una parte de la respetable clase media del Cabrero está feliz porque le eliminarán esa "basura" que son los manglares, con sus pájaros y sus iguanas, y porque le construirán parqueaderos y sus apartamentos se valorizarán. A muy pocos parece importarle que esa bellísima y apacible zona esté a punto de convertirse en una pesadilla de ruido y de contaminación.


Así, en verdad, no hay muchos motivos para celebrar en el día mundial del medio ambiente en nuestra ciudad. ¿No le parece?





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