Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
mayo 25/2007
Las confesiones y la verdad
Dos pesos pesados del periodismo colombiano, columnistas del periódico El Tiempo, han intentado responderse la misma pregunta: ¿Por qué se presume la culpabilidad de los congresistas costeños que se reunieron con Mancuso, mientras que cuando este dirige su dedo acusador contra figuras nacionales como el Vicepresidente y el Ministro de Defensa, resulta más cómodo acusarlo de mentiroso?
D´artagnan indaga si el hecho de ser Juan Manuel Santos ministro estrella del Gobierno lo coloca por encima de la ley; y María Jimena Duzan, a su vez, va más allá: ¿será que la verdad sólo se aplica a los costeños pero no a las gentes de los Andes?
Mancuso hizo revelaciones muy graves, como era de esperarse, en su última ronda de confesiones. Y entre las cosas que dijo, contó con aterradora claridad que el Ministro de Defensa se había reunido con él para conspirar contra el gobierno del ex presidente Samper, y que el vicepresidente Santos lo había hecho también para proponerle la creación de un bloque paramilitar en Bogotá.
Las repercusiones de tales declaraciones, en un momento como este tendrán un calado más hondo allende las fronteras. La sensación que quedará, no lejana de la verdad al parecer, es que los grandes jefes paramilitares, responsables del horror de las masacres y de las infinitas fosas comunes, mantuvieron relaciones con las personas más destacadas y sofisticadas del aparato del Estado.
Culpar a unos parlamentarios de una región que ha sido por siempre estigmatizada desde el centro como cuna de corruptos y perezosos, es cosa fácil, lo verdaderamente difícil es, lo que por otra parte era apenas previsible, lo que acaba de suceder: cómo enfrentar las confesiones que comprometen a los distinguidos miembros de las élites bogotanas y paisas, incondicionales uribistas y figuras centrales del Gobierno.
Muchos, ante el tamaño de las revelaciones del caudillo paramilitar, han comenzado a decir que la verdad de Mancuso ya no es tan verdad. Que cómo se le ocurre a ese asesino (se acordaron ahora que es un criminal) semejante calumnia contra los Santos. Que no se puede permitir que ese hombre siga diciendo lo que se le ocurra, y cosas por el estilo.
Yo no puedo afirmar que todo lo que está diciendo Mancuso sea el producto de una serena objetividad, pero nadie debe olvidar que ha sido el Estado mismo el que lo ha forzado a hablar, y que todos intuimos que muchas de las cosas que dice son ciertas, entre otras razones porque hace ratos perdimos la inocencia, gracias a que hemos sido enterados día tras día del crimen y de la falsedad que nos rodea.
Después de escuchar al ex presidente Samper corroborando lo dicho por Mancuso y recordándonos que hay una grabación de una conversación de Raúl Reyes, dirigente de las Farc, con Juan Manuel Santos, que compromete a este último gravemente, uno pensaría que su posición como Ministro de Defensa es insostenible. La Corte Suprema de Justicia tendrá, con toda seguridad, que asumir la investigación contra él.
Dos posibles conclusiones para terminar: la primera, apenas obvia, es que poco a poco iremos enterándonos de que el paramilitarismo, con su secuela de crímenes, se planeó no sólo en las tierras bajas y ardientes de la Costa Caribe sino también en los sofisticados cafés y clubes de Bogotá y Medellín. La segunda, una premonición: si los poderes del Estado no inician una investigación profunda, imparcial y completa para determinar la verdad de las confesiones de Mancuso contra los miembros de la aristocracia santafereña, la legitimidad del proceso quedará en entredicho ante el mundo, y en el Caribe colombiano más de uno se convencerá del sesgo contra los costeños.
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