Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
abril 27/2007
Del Cabrero al Ubérrimo
En estos días viendo actuar tan desapaciblemente al presidente Uribe ha vuelto a mí la pregunta que con insistencia me hacen algunos de mis estudiantes de si es verdad que el presidente Rafael Núñez y el presidente Álvaro Uribe tienen mucho en común. Suelo ser precavido al responderles, pero debo confesar que por más que lo pienso no puedo imaginarme a Plutarco construyendo tales vidas paralelas. En realidad, me parecen tan diferentes en el estilo, en el modo de acercarse al poder, de ejercer la autoridad y de concebir la paz como un propósito de la política nacional, que creo que, por el contrario, representan personalidades opuestas de la política colombiana.
, El doctor Núñez fue un hombre esencialmente urbano y profundamente cosmopolita, sinceramente convencido de las ventajas de la vida moderna y de la civilización. Quienes hemos estudiado su vida, no podríamos jamás imaginarlo de poncho y sombrero montado en un potro. Nada detestaba más el doctor Núñez que eso que explota deliberadamente el doctor Uribe: la imagen tan simbólica del poder en Latinoamérica: el caudillo a caballo. El poder del regenerador estuvo siempre en la pluma, en su genio político, en su incomparable sagacidad para expresar sus ideas en la prensa diaria.
El doctor Núñez era contrario por temperamento y por convicción al uso de la fuerza. No creía en la guerra como solución de nada ni se sentía cómodo entre militares. Y eso a pesar de que le tocó enfrentar como presidente de la República a los ejércitos liberales. No conozco un solo artículo del pensador del Cabrero a favor de las soluciones de fuerza. Sentía tanta aversión por la violencia, viniera de donde viniera, que en una época en la que no se podía aspirar al poder si no se había sido general en el campo de batalla, él nunca disparó un tiro ni pretendió ser comandante de fuerza militar alguna. No hizo cosa distinta a escribir sobre la paz y en contra de la guerra. Uno no se imaginaría al doctor Núñez hablando de lo buen guerrillero de fusil que él hubiera sido, ni trasladando la presidencia a brigadas militares.
No tenía además ningún apego por el poder. Lo aburría Bogotá, con sus incansables aglomeraciones de burócratas e intrigantes, y solía a cada rato abandonar el gobierno para refugiarse en la soledad del Cabrero. Jamás buscó ser un gobernante autoritario ni mucho menos clerical, pero las circunstancias en las que lo colocó la política dogmática y violenta de la época lo llevó a los excesos de la dictadura y al concordato con la Iglesia, a él que era incapaz de ir a misa.
Al final se hacía reelegir para que gobernaran sus amigos y no tuvo ni uno solo de los atributos de los populistas de izquierda o de derecha: no pronunciaba apasionados discursos, no participaba en consejos comunales ni en nada que se le pareciera, no era amigo del gesto melodramático y patético y, por supuesto, no recorrió el país prometiendo esta vida y la otra a cambio de votos. Por lo demás era completamente ajeno al dinero y sus vilezas. No tuvo tierras ni ganado ni caballos, y acaso una casa que no la había comprado él sino su mujer. Cuando ya retirado, el Congreso le ofreció una muy holgada pensión, renunció categóricamente a ella, aduciendo que no la necesitaba.
Poco antes de morirse el doctor Núñez hacía un balance amargo de estos países latinoamericanos, y profetizaba que volverían "los caudillos de espada o machete" a regar con sangre el suelo patrio. Más de un siglo ha transcurrido desde aquellas fatales premoniciones y sin embargo, la nación sigue siendo, pese a sí misma, el territorio ensangrentado de los señores de la guerra. Algo va de Núñez a Uribe.
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