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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
abril 13/2007


Las angustias de la inseguridad


Es sintomático que varios órganos de prensa de la ciudad elogien y feliciten al señor alcalde por haber garantizado la seguridad de Cartagena durante la Semana Santa. Lo primero que sorprende es que uno pensaría que hacerlo es el deber básico de todo alcalde. Y sin embargo, al parecer en Cartagena es ya un hecho tan extraordinario que merece un despliegue de prensa inusual y unas loas a la administración pública que causarían extrañeza a un ciudadano común y corriente de otras latitudes. Apenas dos robos parecen haber manchado lo que de otra forma sería un record extraordinario.


¿Tan lejos hemos llegado, que haya que premiar al señor alcalde por darnos una Semana Santa sin asesinatos y atracos a mano armada? Corrijo: con uno que otro atraco y asesinato -porque sí los hubo- pero que al parecer no enturbiaron la paz de los turistas ni merecieron ser elevados al rango de noticias nacionales.


No sé si nos hemos dado cuenta del alcance y profundidad del problema de la seguridad en Cartagena, de sus complejas causas y ramificaciones, y, sobre todo, de los contenidos y de las consecuencias de las medidas que se están tomando para aliviar la situación.


Sé que en el fondo de todo, así se niegue con retóricas populistas, subyace la preocupación de consolidar a Cartagena como destino turístico, cosa que no es ni mucho menos de poca monta: sobrada razón tienen quienes han invertido grandes capitales en el desarrollo de dicha industria en observar con angustia el deterioro de la seguridad en Cartagena y en exigir medidas urgentes para atacar el problema. No en balde fue el asesinato de dos turistas italianos y su repercusión en la prensa internacional lo que disparó las alarmas y obligó a las altas autoridades a sentarse a la mesa para propiciar soluciones inmediatas.


Y todo parece indicar que la solución ha sido llenar las calles de la zona turística y sus alrededores de policías y soldados, durante las altas temporadas. No creo que estas medidas obedezcan al propósito de evitar ataques terroristas. En ningún lugar del mundo el terrorismo en las ciudades es evitado con visibles y coyunturales demostraciones de fuerza pública. No voy a hablar de Estados Unidos o de España, en donde, con todo y los ataques terroristas, escasamente se ven policías en las calles. Ni siquiera en Jamaica, pese a la fama de violenta, se encuentra uno con despliegues policivos.


Tengo claro que las medidas policivas durante la temporada turística están destinadas sobre todo a proteger a los turistas de las acciones de la delincuencia común cartagenera. Grave me parece que hayamos tenido que llegar a una situación de descontrol tal que tengamos que militarizar el centro colonial y sus alrededores en tiempos de alto turismo, porque a los efectos benéficos de carácter transitorio se le suman consecuencias adversas, tales como que la ciudad se vuelve cada vez más hostil para el cartagenero común y corriente, sobre todo de condición humilde; y por otra parte, en el largo plazo, dudo mucho que una ciudad militarizada sea atractiva para un turismo internacional de alta calidad, que no está acostumbrado a ver soldados y policías armados en las calles, excepto en las películas sobre dictaduras latinoamericanas.


Y lo peor de todo, es que terminemos creyendo que hemos logrado superar un problema que afecta más que a los turistas a los cartageneros, y cuyas soluciones van más allá de la simple presencia de soldados y policías armados en las calles del viejo centro. Sin embargo, nada muestra tanto la gravedad de la situación que el punto al que hemos llegado: tener que felicitar al alcalde por los "pocos" muertos y atracos de Semana Santa.






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