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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
abril 6/2007


Esplendor y miseria


Quizás ninguna nación vive hoy el esplendor y la miseria de la vida moderna como Colombia. El mismo día que la prensa española comentaba la imponencia del merecido homenaje de reyes, ex presidentes, celebridades de negocios y personalidades literarias al escritor Gabriel García Márquez, la noticia de los niños que se mueren de hambre en el Chocó comenzaba a circular por el mundo.


¿Cómo era posible -se preguntaba un periodista- que al lado de la sofisticada Bogotá, con sus numerosos restaurantes, teatros, bibliotecas y lugares de diversión, pudieran estarse muriendo de desnutrición crónica decenas de menores de edad? El gobierno nacional se había apresurado a contestar -para alivio de los colombianos de clase media- que se trataba de una región asediada por la corrupción de sus gobernadores y alcaldes. Claro, pensarían otros, sin atreverse a decirlo, es el Chocó, tierra de negros, gente inferior, sin disciplina, gente corrompida.


Pero el inmenso drama se resiste a explicaciones tan burdas: en primer lugar, del hambre y de la ausencia de hospitales y centros de salud no son responsables solamente los políticos chocoanos. Lo es, ante todo, el gobierno nacional, y en particular ese mismo ministro estrella del señor Uribe, el ministro de la Protección Social, capaz de los cinismos más deslumbrantes.


¿Si el problema en el Chocó es que se roban la plata de la nación desde hace muchos años, por qué había que esperar a que estallara la tragedia para decirlo? ¿Por qué el ministro, si sabía que se estaban robando los dineros, nunca hizo ni dijo nada? Además, las ARS, que mal administran los recursos de la salud de los pobres, no pertenecen siquiera a los chocoanos. Para nuestra sorpresa nos acabamos de enterar por El Espectador que la más grande de todas las ARS que funcionan en el Chocó "tienen la mayoría de sus afiliados en Barranquilla y en su manejo inciden Juan José García y Gabriel García". ¿Ustedes saben quienes son, verdad? Políticos de Bolívar ampliamente conocidos por sus problemas con la justicia.


En segundo lugar, los niños se están muriendo de hambre no sólo en el Chocó. Se mueren de hambre, según un estudio de la Universidad Externado de Colombia, en todas las regiones apartadas del país, habitadas por indígenas, en su mayoría, colombianos que, por cierto, no hablan español.


Pero además no hay que ir tan lejos. En la sofisticada Cartagena, visitada y alabada por reyes de Europa, mandatarios del imperio norteamericano y celebridades de las letras, la desnutrición crónica ataca también a miles de niños, y está asociada a una altísima mortalidad infantil, a problemas graves de salud y a deficiencias insuperables en el aprendizaje.


Y la terrible realidad, que por desagradable no deja de ser verdad, es que el brillo de los congresos, el crecimiento de los edificios y la llegada de los miles de turistas, no se traduce en programas serios de progreso para las gentes humildes. No hay un peso para escuelas ni para programas de salud. No basta, pues, con llevar a un gran escritor a Nelson Mandela. Bello encuentro, sin duda, pero servirá de poco a una población de adolescentes sin buenas escuelas, sin bibliotecas y sin una adecuada alimentación para el estudio.


Magnífico hacer del viejo centro de la ciudad el recinto de las artes y de las letras, pero no nos llamemos a engaño: la miseria atroz le niega a la mayoría de sus niños el disfrute de las formas más elementales de la cultura y nada serio se está haciendo para evitarlo. No estamos muy lejos del Chocó y su inenarrable tragedia, y, por incómodo que resulte, seguiré diciéndolo.





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