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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
marzo 30/2007


Comparaciones que enseñan


Hace unos pocos días me preguntaba un viejo amigo que por qué en Cartagena el crecimiento económico no parece traducirse en mayor bienestar de la población, mientras que en otros lugares del planeta es apenas una consecuencia lógica. No tuve ninguna dificultad para entender el origen de su pregunta, y sobre todo para intuir con qué otra ciudad estaba comparando a Cartagena. Mi amigo es sevillano, de la Sevilla de España, y allí crecimiento y bienestar general han ido de la mano, fenómeno bastante común en el Viejo Continente.

, Yo fui en el verano de 1987 por primera vez a esa bellísima e histórica ciudad andaluza a investigar en el Archivo de Indias para mi libro El Fracaso de la Nación. De eso hace ya 20 años. La Sevilla de aquel entonces era relativamente pobre, con mucha gente desempleada, hasta el punto que se hablaba de una desocupación de más del 15 por ciento de la fuerza laboral. Los salarios no eran muy buenos, y podía uno ver con frecuencia casas en mal estado y calles sucias. Por otra parte, la gente se quejaba de los malos colegios y de un servicio de salud que, sin embargo, era bastante bueno y mejoraba todos los días.

Hoy asombra el progreso de sus habitantes. El desempleo ha bajado al 6%, la educación en las instituciones públicas ha mejorado extraordinariamente, y la inversión en dotación y tecnología educativa ha crecido astronómicamente. En tan sólo dos departamentos de la Universidad Pablo de Olavide se invierte en compra de libros, más de lo que se hace en todo el sistema educativo público y privado de Cartagena, incluidas sus universidades.


El servicio de salud es tan completo y tan democrático que nadie que resida en Sevilla tiene que preocuparse por la atención médica u hospitalaria. Además de que el servicio público es tan bueno que no hay necesidad de comprar el privado.


De modo que tiene razón mi amigo sevillano en hacerse la pregunta de por qué en Cartagena el crecimiento económico no se traduce en beneficio general. ¿Por qué entre más se invierte aquí, y se construyen decenas de grandes y sofisticados edificios, se organizan congresos y shows culturales, y vienen miles y miles de turistas, por qué -valdría preguntarse- la miseria se vuelve más degradante y se agranda? ¿Por qué este crecimiento no se traduce, como en Sevilla, en mejores salarios, en menos desempleo, mejores colegios, en mayor inversión en las universidades, en mejores hospitales públicos, en viviendas más decentes para los más humildes?


Mi amigo sevillano me cuenta con orgullo cuánto paga en impuestos y la parte que le toca a la ciudad de lo que él tributa, y cuánto recibe el municipio por cada turista que llega, y cómo se beneficia de la prosperidad de los hoteles y de los restaurantes, y del uso del espacio público, de calles y plazas. El crecimiento se traduce en ingresos reales para Sevilla, para invertir en su gente, y sobre todo en la que menos tiene. Es decir, que, además de que el salario de los trabajadores ha mejorado sustancialmente, la redistribución del ingreso se ha logrado mediante la inversión de lo que se recibe en impuestos, en arrendamiento de espacios públicos, etc., en bienestar general.


Y yo me pregunto, ¿por qué no es así en Cartagena? ¿No valdría la pena saber ahora que se agita el tema electoral y vuelven las viejas promesas, quiénes pagan impuestos en nuestra ciudad, en qué proporción lo pagan y qué se hace con ese dinero? De estas cosas no se habla aquí, y los candidatos nunca las mencionan, mientras que en los Estados Unidos o en cualquier país de Europa están siempre en el centro de los debates electorales. ¿Qué extraño, verdad? ¿No es hora de que comencemos a hablar públicamente sobre estos temas?





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