Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
marzo 16/2007
La violencia que no cesa
El asesinato de los esposos italianos el domingo 11 de febrero, a plena luz del día y en las cercanías del centro amurallado, produjo una conmoción de carácter nacional e hizo evidente lo que algunos cartageneros veníamos diciendo desde hacía meses: que la violencia en Cartagena había alcanzado niveles excepcionalmente altos, que tenía las características de una explosión social y que terminaría por traspasar los límites de las barriadas populares, en los que había sido contenida hasta hacía poco.
El simple hecho de que se tratara de dos turistas europeos produjo una alarma tan grande sobre el futuro turístico de la ciudad heroica que desde el presidente para abajo no hubo autoridad nacional comprometida con el tema que no hiciera su respectivo show de promesas rimbombantes de meter en cintura a los delincuentes y garantizar la seguridad en la otrora arcadia del Caribe.
Ciertamente no ha habido un nuevo asesinato de turistas en el centro colonial y sus alrededores en el mes que ha transcurrido desde la muerte de los esposos italianos, y quizás sea esto motivo suficiente para llenar de alivio a las autoridades nacionales y locales. Pero los cartageneros que viven más allá del cerro San Felipe tienen muy pocos motivos para respirar tranquilos, porque precisamente en este último mes la violencia ha tenido momentos casi demoníacos. Veamos algunos datos: apenas cinco días después del asesinato de los turistas europeos, el viernes 17 de febrero, sicarios mataron a un empresario de nacionalidad francesa, un joven se suicidó en una celda de la fiscalía y otros tres fueron asesinados a bala y a cuchillo en distintos lugares de la ciudad. El siguiente jueves el profesor cubano Rolando Pérez fue ultimado en forma brutal en su apartamento de Torices, y a los tres días de esta muerte, mataron a otro jovencito de 18 años en La Piedra de Bolívar.
En lo que va del mes de marzo no hay casi un día sin asesinato, ni zona pobre de la ciudad que se libre de ello. Asesinan a la gente en sus casas, en las tiendas, en los parques y hasta en las busetas, a plena luz del día. Hay momentos como este último fin de semana en el que un periodista radial contó 8 homicidios brutales y El Universal del lunes registró tres del día anterior.
Ayer no más un joven de 23 años mató a puñaladas a su esposa de la misma edad, quien se encontraba a punto de parirle un hijo, y luego trató de suicidarse sin éxito. El origen de esta terrible tragedia, cuentan los vecinos, fue una discusión en la que la mujer le pedía dinero para la crianza de sus otros tres hijos.
Agregue a esta lista infernal, el incremento de atracos a mano armada y algo mucho peor y más preocupante: la altísima cifra de suicidios en los barrios populares, y habrá que concluir que estamos ante los síntomas de una profunda descomposición social, cuyos orígenes ciertamente no están en la pobreza a secas, pero si en íntima relación con la miseria deshumanizada, como caldo de cultivo de todo tipo de violencias, en contraste con una concentración de los ingresos igualmente inhumana.
En otra ocasión me referiré con más detalles a este último punto, ahora quisiera dejar una reflexión: nos encontramos ante el peligro de que consideremos inevitable y "natural" el crimen en los barrios pobres de la ciudad y aprendamos a convivir con él, al mismo tiempo que los mayores esfuerzos conducirán en el futuro a garantizar la seguridad de los turistas. Las clases medias y altas, por su parte, terminarán pagando por la suya. En realidad, ya han comenzado a hacerlo: no es sino entrar a uno de esos edificios de apartamentos protegidos por la seguridad privada, las alarmas, las alambradas y las altas luces, para darse cuenta.
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