Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
marzo 9/2007
Las palmeras reales
En una ciudad atormentada por la violencia, por el crecimiento meteórico de la miseria en sus formas más degradantes y por la ausencia casi caricaturesca de autoridad alguna, parece un mal chiste toda esta discusión sobre las palmeras reales. Pero, mirado con cuidado el asunto, no lo es. Porque precisamente que se haya decidido comprar con dineros oficiales decenas de este árbol majestuoso a precios exorbitantes con la única finalidad de embellecer los espacios públicos y sin pensar en su conveniencia y utilidad práctica es una prueba más de que Cartagena se asemeja a una nave sin piloto, a la que sólo salva de las consecuencias de la tormenta su buena suerte.
Las palmeras reales son árboles delicados, que no crecen en cualquier terreno, a los que un alto índice de salinidad les hace mucho daño y es necesario mantener a un determinado grado de humedad que impida que se marchiten. Reinan en el Caribe insular, de donde al parecer son originarias, y su belleza adorna el cielo cubano hasta convertirse en un símbolo de la gracia de las Antillas. Pero es posible también encontrarlas en lugares tan inesperados como las costas de Mississipi, en donde su inquietante presencia sirvió de metáfora a una de las novelas más hermosas de la literatura norteamericana, Palmeras Salvajes, de ese gran escritor que a ratos parece caribeño, William Faulkner.
Las palmeras pese a su altivez están expuestas a calamidades ecológicas de tinte dramático. Recuerdo haber visto en la avenida principal de Cádiz, la linda ciudad portuaria cuyas murallas se parecen tanto a las de Cartagena, decenas de grandes palmeras muertas y sin posibilidades de recuperación. Un viejo amigo me explicaba en ese verano de 1993 que todo se debía a que se habían construido numerosos edificios de grandes alturas que habían cambiado el régimen de los vientos marinos ocasionando su destrucción.
Y en Jamaica, en la carretera que conduce de Kingston a Montego Bay era posible ver uno de los espectáculos más tristes de la naturaleza: un bosque entero de palmeras en ruinas, como troncos mutilados, víctimas de una plaga maligna.
En Cartagena estamos cansados de verlo. Una y otra vez se siembran las palmeras para adornar las playas, sin que a los que autorizan el gasto público les importe que se mueran. Durante años hemos contemplado estas muestras de despilfarro del erario. Y está apunto de suceder de nuevo, pese a que el debate público, ocasionado por las advertencias de quienes pronostican el fracaso de sembrarlas en nuestro medio, debió llamar a una elemental prudencia: es decir a abstenerse de comprarlas.
Pero claro se trata de dineros públicos. Se pueden invertir cientos de millones de pesos para ornato de la avenida perimetral, del camellón de lo mártires y quien sabe de cuantos sitios más. Lo mismo que se compraron y se comprarán otra multitud de arbolitos por otros tantos millones para embellecer el espacio público de Transcaribe. Que en unos pocos años no quede nada de lo sembrado en píe a nadie parece importarle.
La verdad es que por más que me lo explican siento algo de inmoral en la manera como se gastan miles de millones de pesos en la estética de los espacios públicos de una simple avenida, a la par que nunca hay dineros para las viviendas, la salud y la educación de los que habitan los barrios más pobres. Jamás voy a entender este sentido de las prioridades, a no ser que se entienda por progreso de la ciudad aquel que complace a una ridícula minoría de privilegiados.
Y lo peor de todo: las palmeras reales se escogieron porque no darán sombra a los vendedores ambulantes…por supuesto, tampoco a quienes caminaremos por los espacios públicos bajo la ardiente luz de agosto.
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