Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
enero 5/2007
El ruido de Ultramar y los habitantes de Torices y El Cabrero
De poco sirvió la enérgica campaña de la prensa para convencer al señor Alcalde de la inconveniencia de realizar los eventos de música electrónica en parques cercanos a barrios residenciales. Si bien es cierto que el "Ultramar festival" no se llevará a cabo en el Parque de la Marina, se les concedió permiso a sus organizadores para realizarlo en el Parque Espíritu del Manglar. Ahora los directamente afectados por el ruido monstruoso de los gigantescos altoparlantes no serán los enfermos del Hospital Naval y los habitantes del Centro sino los moradores de Torices y del Cabrero, entre otros.
Si como todos nos imaginamos, viendo las poderosas estructuras de hierro montadas para el evento y lo que promete la propaganda de 150.000 watts de sonido, este rebasará con creces cualquier medida razonable, los vecinos de los barrios mencionados están condenados a la vigilia de cuatro noches seguidas. Hablo de familias enteras que no podrán conciliar el sueño, atormentados por los pavorosos chillidos emanados de la sabiduría cretina de los Dj's, traídos de tan lejos para exacerbar los peores instintos de la especie humana.
Y no es que no tengamos experiencias de sobra, amargas y repetidas, sobre los excesos de tales festivales. En nombre de un turismo salvaje se violan, en las barbas de la Policía, toda clase de normas. Criminales venden drogas peligrosas a un público de jóvenes casi adolescentes y se consiente la estridencia sin nombre de los aparatos de sonido.
Fueron estos excesos, precisamente, los que obligaron a suspender dichos eventos en las playas de Blas el Teso.
¿En nombre de cuál lógica se les niega este año el permiso para realizarlo en el Parque de la Marina y se les concede en el Parque Espíritu del Manglar? ¿Por qué, pese a las protestas generalizadas y a los repetidos editoriales de este periódico, se les permite a los señores de Ultramar, contra el más elemental sentido común, llevar a cabo tremenda guachafita en pleno corazón de la ciudad? ¿Se imaginan ustedes que tal cosa pudiera suceder en Bogotá o Medellín? ¿Quiénes son estos señores y hasta dónde llega su poder en Cartagena? ¿Qué clase de poder es: el soborno, quizás?
A mi se me ocurre que los cartageneros que aman esta ciudad y viven en ella todo el año, que la quieren ver progresar y que están dispuestos a proteger el turismo sano, tienen algunas alternativas todavía contra estos festivales. La primera y más importante es hacer uso del derecho ciudadano a la protesta pacífica, pero pública y enérgica. Hacerle sentir al señor alcalde de la ciudad nuestro descontento por la forma folclórica con la que ejerce su autoridad.
La segunda es exigir de las autoridades del medio ambiente que hagan respetar las normas sobre límites de sonido. En otras palabras, que si, como es previsible, se violaron de manera flagrante en la noche de ayer, se disponga la clausura del festival.
Y la última, que les recomiendo a los amigos del Cabrero, es que inviten, de la manera más respetuosa, al señor alcalde a dormir, junto con su familia, hijos y nietos, en uno de los tantos apartamentos de la zona del parque y de la Casa-museo Rafael Núñez. Quizás así él pueda comprender mejor el sentimiento de rabia y de impotencia que nos embarga.
Claro que está sugerencia final puede tener un inconveniente, y es que conociendo el talante festivo del señor alcalde, sus ímpetus juveniles y su proclamado amor por la parranda, no tendría nada de raro que se encontrara inmerso, él mismo, en el goce intenso del Ultramar festival.
¡Vaya suerte la de los cartageneros!
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