Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
noviembre 24/2006
Lástima grande que el alcalde Curi haya permitido que intereses pequeños y ridículos se impongan sobre el bienestar general de la ciudad, porque no es de poca monta lo que está en juego alrededor de la suerte futura del Palacio de la Inquisición y del Museo Histórico de Cartagena. No es este, sin embargo, un tema sobre el cual pueda ponerse todavía un punto final, como si se tratara de un asunto de la parroquia para cuya solución bastara la opinión de dos o tres personas.
Varias cosas han sucedido y están sucediendo alrededor de este importantísimo bien público que vale la pena conozcamos todos para así no llamarnos a engaño. En primer lugar, y esto debe quedar muy claro, no se trata de un simple patrimonio cartagenero; más que eso, es uno de los más valiosos patrimonios de la nación. Además, de que, por muchas razones, es con las murallas, nuestro bien arquitectónico más preciado.
En segundo lugar, para aquellos a quienes el extraordinario valor cultural de este museo no les es suficiente, me gustaría agregar que para el desarrollo de Cartagena como ciudad turística, empresa en la que se han invertido cuantiosos capitales, la supervivencia del Palacio de la Inquisición y del Museo en condiciones óptimas es de gran importancia.
En tercer lugar, nadie debería olvidar que si hoy tenemos Palacio de la Inquisición restaurado y Museo Histórico esto se debe principalísimamente a la admirable obra, a la dedicación y esfuerzo continuado de veinte años, de Moisés Álvarez. Pero no sólo eso: si el museo ha sido capaz de funcionar y de mantenerse en magníficas condiciones a lo largo de estos dos últimos años, sin mayores costos para la Alcaldía, ha sido también gracias a la sobresaliente labor de este hombre sencillo y descomplicado, que es hoy una de las autoridades más respetadas en materia de archivística en nuestro país.
En cuarto lugar, nadie aquí ignora -no es sino hacer un poco de memoria- el estado de ruinas en que se encontraba el edificio antes de que Moisés elaborará el proyecto de su restauración y lo sacara adelante contra viento y marea. Los directivos de la Academia de la Historia deberían tener la elemental honradez de reconocer que en manos de ellos la edificación producía vergüenza por el estado de abandono, de suciedad y de deterioro en el que se encontraba. Quizás porque su misión justamente no es la de administrar empresas culturales, sino la de producir historia con rigor.
Ahora bien, si todo lo anterior es de conocimiento público, ¿por qué el alcalde, a la hora de tomar decisiones sobre el museo histórico, prefiere ser asesorado por los directivos de la academia y no por Moisés Álvarez? Vaya usted a saber. Pero es una verdadera lástima, lo repito, que el proyecto de creación de una corporación para que maneje los destinos del museo, tan cuidadosamente diseñado y en el que puede estar su salvación definitiva, se obstaculice, ya no por los particulares, sino por la misma Administración distrital.
Conozco bien el proyecto, por lo que sé que en ninguna de sus partes se insinúa erogación alguna por parte del Distrito para su ejecución. ¡Todo lo contrario! La corporación se crearía para evitar que el Distrito tenga que cubrir con su presupuesto los costos de mantenimiento del museo y para que este pueda crecer y jugar el papel que le corresponde en la cultura y el desarrollo económico de la ciudad.
Despropósito grande sería, en este punto, prescindir de los servicios de Moisés Álvarez y de su sabia asesoría. Estoy seguro de que tal decisión no ha sido siquiera pensada por el señor Alcalde, por la magnitud del daño que se le haría a la ciudad. La prudencia debe imponerse y prevalecer los intereses de Cartagena.
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