Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
noviembre 17/2006
En este ambiente de caos y de desgreño en el manejo de la cosa pública, que mantiene a la ciudad sumida en la suciedad y el abandono, hemos recibido la última de las escandalosas noticias que han rodeado desde sus inicios la construcción de Transcaribe: ahora sabemos por las declaraciones del su nuevo gerente que para terminar esta obra se requieren cerca de 100 mil millones de pesos más de lo presupuestado inicialmente. Es decir que la forma como se planeó y se concibió su financiación estaba errada desde el principio.
Aceptemos, en gracia de discusión, que lo anterior es cierto. Digamos que el documento CONPES elaborado por el gobierno nacional de manera precipitada se equivocó en sus cálculos, y que por lo tanto este último debería introducir los correctivos necesarios. El asunto, sin embargo, es que los alcaldes anteriores, con la venia del concejo municipal y de la clase política local, aceptaron la incorporación en dicho documento de una cláusula mediante la cual el distrito se comprometió a cubrir cualquier costo que excediera a lo inicialmente pactado. En otras palabras, en sentido estricto Cartagena se obligó a pagar este excedente de 100 mil millones de pesos, y ahora dependemos de que el gobierno nacional graciosamente quiera cubrir este faltante, cosa bastante improbable, o que acceda a pagar, al menos, un 70 por ciento.
Si esta última fuese la fórmula adoptada habría que preguntarse de dónde sacará el distrito estos otros 30 mil millones de pesos. ¿Comprometiendo por otros años más sus ingresos? Es decir, como sucede hoy ¿resignándose a no tener un peso para invertir en educación, en salud, en vivienda, en vías, en los años por venir?
Algunos dirán que qué importa. Que lo importante es sacar adelante la obra a costa de lo que sea, como se hizo igualmente con los juegos centroamericanos, que terminaron costaron a un distrito que invierte 600 millones de pesos al año en educación la escandalosa suma de cerca de 70 mil millones de pesos, sobre cuya inversión, además, no hemos recibido un informe financiero detallado. ¡Vaya criterio para manejar una ciudad!
¿Por qué el gobierno local aceptó firmar un documento que lo compromete a pagar todo aquello que exceda al valor pactado, a sabiendas que el presupuesto acordado se había hecho de manera bastante improvisada y a la ligera? Por la sencilla razón de que los mandatarios locales no tienen desde hace años autoridad alguna, y el gobierno nacional, es decir los jovencitos del Ministerio de Hacienda, de Planeación y de Fonade, le imponen todas sus condiciones a unos alcaldes cuyo único objetivo es gastarse los dineros de las ciudades y de la nación en contratos y obras, sin que medie planeación alguna.
No nos alcanzaría todo elsitio web para señalar los errores de toda clase en la construcción de Transcaribe. Diseños erróneos, improvisaciones en sus decisiones, cálculos absurdos, demoras extravagantes, costos exorbitantes, en fin, el peor en su desempeño de todos los "transmilenium", según la revista Portafolios.
¿Cómo terminará este embrollo de Transcaribe? No lo sé. Se hará por supuesto. ¿Cuánto costará? No lo sabemos y quizás nunca lo sabremos. Pero una vez concluya, nuestro folclórico talante nos dará para declarar héroes de la ciudad a los creadores de semejante chabacanería. Lastima grande, porque en efecto la ciudad necesita para su desarrollo obras bien planificadas de esta naturaleza.
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