Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
noviembre 10/2006
Nada es más susceptible de sufrir cambios que el significado de las fechas históricas. Los historiadores sabemos hoy que la memoria es un tremendo campo de batalla y que no hay valoraciones neutrales ni verdades absolutas. Cuando el Presidente de la República , por ejemplo, decidió que el próximo centenario de la Independencia debe celebrarse el 7 de agosto de 2019 y no el 2010, o el 2011, o el 2021, él y sus asesores historiadores estaban privilegiando una forma de mirar nuestra historia sobre otras. En realidad, la Batalla de Boyacá no comenzó ni terminó nada, pero ha sido impuesta como el símbolo fundacional de la nación, tan caro a las élites interioranas.
El 11 de noviembre es ahora, y desde hace ya muchos años, la fecha en la que celebramos los cartageneros la independencia del gobierno español. Al hacerlo le dimos una connotación de festividad patriótica nacional, y al mismo tiempo la hemos desprovisto de algunos elementos claves de su historia real y quizás de sus significados más importantes.
En primer lugar, tendríamos, para ser honestos, que reconocer que el 11 de noviembre de 1811 tiene muy poco que ver con la república de hoy. Es más, se llevó a cabo, entre otras cosas, para impedir que se fundara una nación, como la que finalmente se estableció dos décadas más tarde, con Bogotá de capital. Por eso lo que se declaró en ese histórico día no fue la independencia absoluta de la República de Colombia sino de la República Independiente de Cartagena de Indias. Independiente no sólo de Madrid sino de Bogotá también, y finalmente destruida por el espantoso Sitio de Morillo.
A algunos historiadores aficionados les molesta que yo hable de estas cosas, porque según ellos atentan contra la unidad de la patria. Y prefieren mentir para acomodar el pasado a los intereses del presente, pero claro, al hacerlo destruyen la única posibilidad que tenemos de comprender los orígenes de esta historia cuyo presente nunca ha sido ni ordenado ni exitoso.
En segundo lugar, deberíamos decir, si queremos seguir siendo honestos, que lo que sucedió ese día fue principalmente la obra del pueblo raso, guiado por unos intelectuales provincianos y por unos artesanos mulatos. La mayoría de los patricios cartageneros que firmaron la Declaración de la Independencia el 11 de noviembre de 1811 lo hicieron bajo la amenaza de muerte y después de haber sido golpeados por las gentes del pueblo. No en balde el mártir, José María García de Toledo, llamó al 11 de noviembre “el día más negro de la patria”.
En tercer lugar, lo que siguió de ahí en adelante tuvo muy poco que ver con el heroísmo de unos pocos mártires y sí mucho con el de todo un pueblo que se sacrificó por unas ideas. Nunca está de más recordar que cuando Pablo Morillo hizo fusilar a los llamados mártires, ya lo había hecho con decenas de seres anónimos, cuyas listas poseemos.
En cuarto, y último lugar, siempre será necesario guardar en nuestra memoria lo más importante y quizás lo más útil de esa experiencia histórica: que los negros y mulatos libres que participaron tan decisivamente en esta lucha por la independencia, pese a todas sus limitaciones, anhelaron la creación de una república de ciudadanos y entregaron sus vidas, lo mismo que muchos de los intelectuales criollos, por ese sueño, todavía inconcluso en la Cartagena de hoy.
Nota aparte: prometo dar mi opinión sobre la triste y anunciada historia de los mayores costos de Transcaribe en mi próxima columna.
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