Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
octubre 27/2006
La suerte de la guerra
¿Quién no está, por decir lo menos, consternado con los acontecimientos de la última semana? ¿Quién con dos dedos de frente no siente que los caminos estrechos y sinuosos de la paz en Colombia se angostan aún más, en lo que tiene todas las características de un laberinto sin hilos de Ariadna?
La bomba hecha estallar en el corazón mismo de las fuerzas militares un par de días después del airado debate sobre el proceso de paz con los paramilitares, en el que se dijeron cosas muy delicadas, indica que los ánimos de la guerra están intactos y que poco o nada se ha avanzado en materia de echar los fundamentos a una paz legítima y duradera. Si en efecto, tal y como afirma el gobierno, fueron las FARC las responsables de semejante acto de terror entonces habrá que admitir con escalofrío la indefensión en la que se encuentra el país y la escalofriante capacidad de este grupo para dirigir sus ataques allí donde le provoque. ¿Qué puede esperar el ciudadano medio en materia de seguridad si esta organización guerrillera puede con tanta facilidad penetrar la seguridad de las fuerzas militares y llevar a cabo uno de sus tantos actos brutales?
El presidente de la república ha respondido a esta agresión con un discurso que ha provocado la calificación casi unánime de la prensa de haber sido muy emocional y poco sereno. Sea lo que fuere, el hecho es que ante este acto de guerra el presidente Uribe ha clausurado temporalmente las negociaciones de paz y ha prometido rescatar mediante el uso de la fuerza a los secuestrados en poder de la FARC.
Y como consecuencia también del ataque a la Escuela Militar se ha anunciado por el ministro de defensa la necesidad de una profunda reforma del aparato militar y de cuantiosas inversiones para prepararlo para la guerra. En medio de todas estas declaraciones acerca de combatir a sangre y fuego a la guerrilla y de liberar de los secuestrados, el país observa con creciente escepticismo los preparativos de guerra y las posibilidades de un triunfo rápido.
Nadie hace uso, sin embargo, de la historia para tratar de entender el hecho elemental de que el presidente Uribe fue incapaz, durante sus primeros cuatro años como mandatario, pese a toda su retórica guerrera, de penetrar en los territorios selváticos de la guerrilla y de rescatar a uno sólo de los 59 rehenes en su poder. No ha sido ni mucho menos por falta de voluntad o de negligencia de su parte. Ha sido, entre otras razones, por una principal: porque los presidentes de Colombia no han gobernado en realidad sino sobre una porción relativamente pequeña del territorio nacional. Si algún hecho ha sido central en la historia nacional desde la fundación de la república es precisamente este: es decir, la imposibilidad del gobierno central en ejercer su autoridad en la mayor parte de la geografía patria. Así ha sido, además, desde antes de tener presidentes, desde el tiempo de los virreyes.
Y quizás este hecho, tan ligado a otras particularidades de nuestra historia, explique, igualmente, por qué tenemos la guerrilla más vieja del mundo y el territorio nacional sembrado de paramilitares, que tienen más capacidad de dominio sobre sus territorios que el mismo presidente.
El presidente Uribe lo intentará de nuevo, con fervor y con decisión, características propias de su personalidad. Hará seguramente hasta lo imposible por liberar a los secuestrados, utilizando todo el poder del Estado, pero mucho me temo que la historia seguirá trabajando en su contra. Y que el peso sobrecogedor de ésta no se modifica simple y llanamente con buenos deseos. Serán necesarios otros factores que el presidente desafortunadamente no controla o no está dispuesto a aceptar.
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