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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
octubre 11/2006


La espantosa verdad


¿Cuál de los cartageneros de mi edad ha olvidado aquellos tiempos en que Barranquilla era todavía conocida como La Puerta de Oro de Colombia? ¿Aquellos días en que en toda la costa sólo se hablaba de la pujanza y del dinamismo de nuestros vecinos? Yo recuerdo como si fuera hoy la impresión que me produjo mi primer viaje de niño a la vieja Barranquilla en los años iniciales de la década de los sesenta. Sus calles amplias y limpias, el sano optimismo de sus gentes y sobre todo el orgullo con el que se referían a su ciudad como un remanso de paz.


Nada más cierto. Con toda razón se notaba en sus pobladores un aire de sana superioridad: La pequeña urbe había acogido con generosidad sin límites a las gentes de todo el país que huían de la violencia. Había sido capaz no sólo de recibirlos sino de brindarles a muchos de ellos trabajo decente y un ambiente de prosperidad y de contagiosa alegría que actuaba como un bálsamo reparador de las viejas heridas. La vida pacífica de los barranquilleros hacía que cualquier inesperado crimen se convirtiera en motivo de asombro y de comentarios generales que duraban semanas enteras.


Yo volví a vivir a Barranquilla en 1972 y ya era evidente que había iniciado una penosa decadencia de la que no ha logrado salir totalmente. La corrupción política unida a la falta de vigor, por decir lo menos, de su élite empresarial llevaron a la ciudad a un estado general de desorden administrativo y de mediocridad en la gestión pública, que poco a poco derrumbaron los indicadores que hicieron de La Puerta de Oro de Colombia quizás el mejor vividero de nuestro país a mediados del siglo XX. Las amplias, arborizadas y limpias avenidas se habían convertido en calles sucias y desarregladas y el viejo optimismo había sido reemplazado por una especie de cinismo colectivo que no producía más que desaliento e inmovilidad.


Sin embargo, y a pesar de todo eso, seguía siendo Barranquilla una ciudad de paz. Yo recuerdo como los jóvenes caminábamos las calles solitarias hasta altas horas de la noche sin temor alguno ¿Qué pasó en estos últimos años? ¿Cómo se convirtió la ciudad en el centro de una demoníaca actividad criminal?


Las revelaciones del periódico El Tiempo del día domingo producen asombro y miedo. Según este periódico, en el llamado "computador de Jorge 40" aparecen reseñados los 558 asesinatos cometidos por un frente de su grupo armado en el departamento del Atlántico, del 2002 al 2005, de los cuales un buen número se llevaron a cabo en Barranquilla.


Todos sabíamos que había una espiral de violencia en Barranquilla, que alguien estaba matando estudiantes, profesores, sindicalistas, comerciantes, etc. Pero no nos imaginábamos ni el tamaño ni los alcances de este horror, y me atrevería a decir que casi todos en la costa Caribe nos habíamos acostumbrado a convivir con las noticias esparcidas de los crímenes. Hoy nada nos queda para el engaño. Hemos recibido un verdadero y estremecedor mazazo: 558 asesinatos en tan sólo el departamento del Atlántico y en apenas tres años.


¿Cómo negar la guerra sorda y sucia de la que somos todos, de alguna manera, víctimas? ¿Qué nos revela sobre Cartagena? ¿Tiene sentido acaso la ingenuidad, seguramente de buena fe, del comandante de la policía nuestra cuando afirma que Cartagena es una ciudad segura porque siguen viniendo los turistas y se construyen altas torres?


Pero otra vez me pregunto: ¿Qué pasó con la bella y acogedora puerta de oro de Colombia? ¿Será que su dirigencia empresarial, sus intelectuales, y su honrada clase media terminan de entenderlo de una vez por todas? Dios quiera. Porque si Barranquilla no se salva, dudo mucho que pueda hacerlo el resto de la Costa Caribe colombiana.


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