Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
septiembre 20/2006
La ciudad de las mujeres
He tenido la inmensa satisfacción de visitar el barrio que construyeron con sus manos las mujeres desplazadas. En el kilómetro 2 de la vía de Turbaco a Arjona, en las cercanías de la cantera la Bonanza, se extienden sobre una especie de explanada las 98 casas que conforman La Ciudad de las Mujeres. Allí habitan cerca de 500 personas, la mayoría de ellas, según comentaba una de las líderes del barrio, niños y jóvenes adolescentes.
Caminé la mayoría de sus calles y conversé con muchas de sus mujeres. En todas partes sentí un entusiasmo contagioso, acompañado de una profunda complacencia. Y no es para menos. Conducida por la admirable labor de Patricia Guerrero, la Liga de Mujeres Desplazadas ha realizado una obra maravillosa. Han sido años de tremendos esfuerzos, de consecución de fondos internacionales, especialmente de la USAID, y de superar toda clase de obstáculos.
Y la obra está allí a la vista. Las casas son pequeñas pero espaciosas, con una buena salita, dos dormitorios amplios y un pequeño patio para guindar la ropa, además de su cocina y de su terracita, que algunas han convertido ya en un lindo sitio de estar. Lo más conmovedor de todo, es que las mujeres hablan de este proyecto, que seguirá creciendo y embelleciéndose, con el magnífico orgullo de quienes sienten que no sólo lo habitan, sino que lo construyeron con su sudor y con sus músculos. No olvidaré nunca la cara de dos señoras, la risa franca y feliz de sus rostros, al contarme la una que ella había hecho los bloques de muchas de esas casas y la otra que ella había trabajado en levantarlas.
Estoy hablando de mujeres desplazadas, es decir de personas que han vivido experiencias aterradoras y de muchísimo sufrimiento. Y sin embargo, no anida la amargura en sus casas; por el contrario, todas ríen y festejan sus historias de constructoras del barrio. Haberse embarcado en este proyecto colectivo, haberlo sacado adelante y soñar con nuevas empresas, y saber ya que son posibles, ha fortalecido en todas ellas su sentido de la dignidad y ha enriquecido hasta niveles insospechables su espiritualidad.
No puedo dejar de pensar, oyéndolas a ellas, en todo lo que podrían alcanzar los colombianos humildes si el Estado y los gobiernos de turno les facilitaran las cosas en vez de volvérselas más difíciles. En esta Ciudad de las Mujeres de dimensiones tan hondas han brillado por su ausencia las autoridades de todo tipo. Como si no fuera con ellos, y quizás sea mejor así (lo digo con tristeza), porque no más de pensar en los proyectos de Colombiaton y de Flor de Campo le dan a uno ganas de llorar. En dos años construyeron su lindo barrio las mujeres desplazadas, mientras que con el dinero en el banco (que ya ni sabemos cuanto es) Colombiatón lleva casi tres y todavía no tiene ni el terreno. Las casas que habían construido sobre el suelo contaminado tendrán que destruirlas. Y Flor del Campo, sólo Dios sabe cuándo la Alcaldía de Cartagena se decidirá a construirla.
Les pregunté a las mujeres desplazadas qué es lo que más necesitan en su barrio y todas me respondieron lo mismo: una escuela para sus hijos. Y no me extrañó, porque si alguien valora la educación son las mujeres pobres, que cifran en ella las esperanzas de una buena vida para su prole. Estoy seguro que la conseguirán.
Una corrección a la columna anterior: allí donde debería decir "esa cantidad podría subir a una cifra más alta", apareció inexplicablemente "esa cantidad podría subir más alta". Pido perdón.
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