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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
septiembre 13/2006


Entre la confusión y el olvido


Desde hace algún tiempo experimento la intranquilizante sensación de que los colombianos hemos sido forzados a participar sin escapatoria posible de una atmósfera dominada por el miedo, la mentira y la confusión. Cada día trae un horror distinto, y descubrimos una nueva faceta, más espantosa que la anterior, de la violencia que azota al territorio colombiano. Hace apenas una semana el fiscal general de la nación presidió la ceremonia triste de entrega de 17 cadáveres identificados a sus familiares, los únicos que se han podido reconocer de una fosa común con los restos de 90 personas asesinadas y torturadas en las cercanías de San Onofre.


En unas declaraciones concedidas a la prensa el señor fiscal dijo que se sabía de aproximadamente 2500 personas enterradas en las fosas comunes a lo largo y ancho del país, y agregó que en el transcurso de los juicios a los paramilitares esa cantidad podría subir a una cifra más alta. Muchos de ellos niños, ancianos y mujeres.


De alguna forma teníamos noticias dispersas del salvajismo de los asesinatos en masa, pero no teníamos certeza de que la infamia tuviera estas proporciones. Lo peor de todo es que fatigados por tanta violencia los colombianos han oído y leído los detalles del genocidio de San Onofre, como eso, como una noticia más.


No habíamos terminado de recuperarnos de esta evidencia brutal de la guerra sucia, ni habíamos terminado de olvidar la masacre de Jamundí, que hoy parece lejana, ni tantas otras cosas que la memoria borra piadosamente, cuando el periódico El Tiempo nos trajo los pormenores de lo que parecía ser otra página horrenda, entre las muchas de la historia colombiana.


Se trataba de la noticia detallada de cómo 2 altos oficiales de inteligencia militar se habían puesto de acuerdo con una ex guerrillera para realizar actos terroristas en los que hubo muertos y heridos, en apariencia por el afán de ganar recompensas materiales. Parecía un hecho inverosímil, hasta tal punto que el comandante de la policía se declaró engañado. Pero cuando los colombianos hacían esfuerzos para pasar el trago amargo de esta nueva noticia y la gran prensa demandaba de manera enérgica que se fijaran responsabilidades, el señor presidente de la república habló por la televisión y dijo que no se puede actuar contra tales oficiales de alto rango porque no se tienen pruebas de que hubiesen participado en los atentados terroristas.


Y quizás esto último le añade una característica perversa a la realidad colombiana. No sólo sufrimos con la exposición detallada del crimen, sino que a los pocos días nos enteremos de que no existió o de que simplemente ha desaparecido de los medios de información, que es como si nunca hubiera sucedido.


Pero el tiempo pasa y los colombianos en general prefieren no pensar, prefieren olvidar como una especie de antídoto de la memoria contra los estragos de la violencia. De modo que Guaiterilla, Jamundí, San Onofre, El Salado y otros cientos de nombres parecidos, escenarios de crímenes de lesa humanidad, regresan a su condición de vocablos extraños que no nos dicen nada, se convierten en señales de una geografía confusa, carente de sentido.


Y terminamos sin saber nada, sin saber si los crímenes sucedieron de verdad o fueron de mentiras; y poco a poco va pasando lo mismo con muchas otras cosas, por ejemplo con la corrupción. Los corruptos de hoy terminarán siendo distinguidos personajes del mañana, cuando olvidaremos sus desmanes contra la ley.


Hay, en verdad, muchos motivos para la zozobra y el miedo, pero sobre todo porque da la impresión de que la maldad, en todas sus manifestaciones, reinara triunfante en Colombia.


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