Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
agosto 23/2006
Hace sesenta años
Hurgando en mis papeles he vuelto a leer la muy útil y simpática monografía de Cartagena, publicada en 1947 por el historiador Luis A. Múnera. Estas monografías, elaboradas sin mayores pretensiones, constituyen magníficos documentos sobre muchos aspectos de nuestra vida social e iluminan y nos dan claves sobre nuestra cotidianidad, de modo que podemos sin dificultad auscultar hasta donde hemos cambiado para bien o para mal, y hasta donde seguimos arrastrando conductas que denuncian la presencia inalterable de una frágil ciudadanía. Desafortunadamente son pocas las que se hicieron y menos las que conservamos hoy día en bibliotecas públicas.
60 años atrás, en 1946, a dos años de que la vida de los colombianos cambiara para siempre por el asesinato del caudillo liberal, Jorge Eliécer Gaitán, Cartagena tenía el aire de una pequeña y apacible ciudad. Su población urbana era de apenas 110 mil habitantes y los automóviles y autobuses no llegaban a 800 en total. Carros particulares eran sólo 385, de servicio público 245 y buses 152. ¿Y saben cuántas motocicletas había en la vieja arcadia? 5 no más. ¡Qué maravilla! Sin embargo, mucho teníamos todavía de cosa rural: circulaban por las calles de Cartagena 144 carretas tiradas por mulos y 134 por burros.
El cine, que había nacido con el siglo, que ya en 1946 había sufrido profundas revoluciones tecnológicas, -había incorporado y perfeccionado el sonido y los colores-, era la diversión colectiva más importante de los cartageneros, hasta tal punto que, a juzgar por el impuesto del centavo municipal que pagaban los espectáculos, en el año de 1945 asistieron a los teatros algo más de un millón y medio de personas. Enorme cifra, sin duda, para una ciudad tan pequeña.
Las rentas ordinarias del municipio seguían un patrón casi inalterable de muchos años atrás: El tabaco, los licores y el juego eran las tres fuentes sagradas que sostenían la vida municipal. El consumo de tabacos y cigarrillos producía algo más de un millón de pesos; Los licores algo así como 934 mil pesos, y el juego cerca de 700 mil pesos. De modo que de un total de ingresos de 3 millones 253 mil pesos, la sagrada trinidad del vicio aportaba 2 millones 634 mil pesos, es decir, tanto como un poco más del 80 por ciento.
Pero quizás el más curioso de los datos que aporta esta graciosa monografía es el referido a la vida electoral. En 1947 se quejaba el autor de lo que hoy se siguen quejando la mayoría de los columnistas del Universal: de que no había conciencia ciudadana, y de que la gente no salía a votar. Y proponía como solución que se estableciera el voto obligatorio en la ciudad. Según estadísticas electorales, en 1945 estaban legalmente inscritos para depositar su voto 30 mil 256 ciudadanos, de los cuales votaron para representantes, diputados y concejales sólo 6 mil 377, es decir más del 70 por ciento se abstuvo de hacerlo.
Concluía diciendo el viejo escritor de la monografía: "Anotamos el hecho como un grave fenómeno social, más que político, y nos permitimos observar a los directores de los partidos buscar las fórmulas o los medios honestos y legales para instruir mejor a las masas y para orientarlas en el sentido de que su abandono de las urnas no sólo puede considerarse como un atentado contra aquellos tradicionales fundamentos democráticos y republicanos de nuestro país, sino que en esa forma se le abre camino a todos los sistemas totalitarios o anárquicos."
Sesenta años después habría que preguntarse si en realidad ha habido interés por parte de la mayoría de los ciudadanos en participar en esta mal llamada democracia nuestra. No en balde estamos como estamos.
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