Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
agosto 16/2006
¿Previsible, NO?
En una ocasión me encontré en la plaza de los coches con el doctor Juan Montes. Respiraba un gran entusiasmo, pese a que eran cerca de las 9 de la noche de un día extremadamente caluroso. Venía, si mi memoria no me traiciona, de una reunión de la cooperativa de trabajadores de la salud que tomaría a su cargo la clínica Enrique de la Vega. Allí, en medio de la plaza, me expuso el contenido social de su proyecto de dirección del hospital y el respaldo irrestricto que había recibido del señor presidente de la república. Recuerdo también que el doctor Montes se incomodó muchísimo ante mi radical escepticismo, y me dijo, con la pasión que lo caracteriza: "este presidente siempre cumple sus promesas". De esto hace ya más de un año.
Todavía una semana antes de que el gobierno tomara la sorpresiva decisión de entregarle la clínica a una cooperativa de anestesiólogos de Bogotá, me había vuelto a afirmar que la entrega del hospital a la cooperativa dirigida por él y otros trabajadores de la salud era un hecho irreversible e inminente. ¿Qué pasó, entonces? ¿Cuál es la moraleja de este penoso asunto?
Quizás nunca sabremos con certeza por qué el gobierno nacional se burló tan afrentosamente de un grupo de distinguidos médicos cartageneros, cuyo único delito fue el pecado de la ingenuidad, al poner su fe en el presidente y en el ministro de la protección social, hasta el punto de desafiar las numerosas agresiones de los trabajadores sindicalizados. Quizás nunca sabremos si oscuras motivaciones políticas, si sórdidos compromisos con grupos innombrables, llevaron a esta decisión mezquina y desleal con quienes estuvieron, con riesgo de sus vidas, dispuestos a respaldar al gobierno nacional hasta última hora. Quizás, digo, en los años por venir tendremos que guardar silencio sobre esta y muchas otras cosas de las que a diario suceden hoy en la empobrecida y purulenta política colombiana. Pero lo que si raya con el ridículo y la maldad es que prestantes cartageneros repitan el febril argumento de que el presidente tuvo que traer cachacos a manejar la clínica, por el pánico que le produce la corrupción de los costeños.
El uso deliberado de este estereotipo desde la fundación de la república en el siglo XIX le ha hecho, le hace, y le hará en el futuro, mucho daño a la costa. ¿Quién va a negar que nuestros políticos son, en su inmensa mayoría, corruptos? Pero, me pregunto, ¿Quiere esto decir que los costeños en general, como una emanación de su supuesta inferioridad moral, comparten dicha conducta, hasta el extremo de que no haya médicos honrados a quienes entregarle la conducción de una clínica?
Por otra parte, ¿acaso estamos tan ciegos como para no darnos cuenta que el mismo presidente, de quien se comenta su aversión a la corrupción de los caribeños, se acompaña para todos los efectos de, y protege abiertamente a, una de las familias políticas, símbolo en nuestro medio de las prácticas más corruptas?
Y si de historia de la corrupción se trata, lo real es que los grandes negociados con dineros del Estado, desde aquellos de los ferrocarriles durante la Regeneración, han tenido casi siempre de protagonistas a políticos y empresarios del interior de la república, por la sencilla razón de que allá se ha manejado siempre el tesoro público.
En fin la entrega de la clínica no es más que otro episodio en la cadena de decisiones escandalosas de trasferencia de estupendos negocios a grupos privados, escogidos por el señor presidente, y sin que medie transparencia alguna. Por lo demás, los costeños no tienen porque sentirse culpables de una corrupción en la que la mayoría de ellos no ha tenido parte. En Cartagena un grupito se ha quedado con todo, gracias, por supuesto, a la complicidad de otro grupito de cachacos.
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