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Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
julio 19/2006
¿PROTESTA CIUDADANA?
Iba a escribir sobre el previsible desorden de los juegos, sobre el caos descomunal alrededor de las boletas, sobre la paradoja de una ciudad que luce vacía y con serias dificultades de transporte en el preciso momento en que se realizan por primera vez unos juegos centroamericanos y somos los anfitriones de 32 países de Centroamérica y el Caribe.
Iba a referirme, otra vez, por enésima vez, al problema del ejercicio de la ciudadanía en Cartagena, quería expresar mi desconcierto por la ironía que oculta una medida como la de sacar de la circulación durante días enteros a los vehículos privados, sin que medie consideración alguna por los derechos de los ciudadanos, y, por supuesto, iba a terminar diciendo que me parecían muy saludables las protestas de los cartageneros y de los turbaqueros. En fin, iba a decir todo esto, cuando leí la columna del doctor Jaime Trucco, publicada en el día de ayer en El Universal, y para mi desgracia supe que tenía que responderla.
Dice en su columna el doctor Trucco que el doctor Múnera "acusa a los pediatras de indolencia, falta de sentido social, pasividad y ausencia de compromiso con el hospital", y, además, dice que el doctor Múnera "debería estar mejor informado".
Aclaremos:
En primer lugar, me da mucha pena tener que corregirlo y decirle que ni en la anterior ni en ninguna de mis columnas escritas hasta ahora he acusado de semejantes cosas a los pediatras de la ciudad. Por el contrario, si usted revisa mis anteriores escritos verá que nunca he puesto en duda la filantrópica labor de la junta directiva de la Casa del Niño ni el carácter loable de su misión, cosas que he exaltado, y por lo que usted mismo me llamó el año pasado a felicitarme y darme las gracias.
En segundo lugar, lo que si dije, y me reafirmo en ello, es que desde junio del año anterior, en que estalló la penúltima crisis de la Casa del Niño, no he visto una sola manifestación pública de protesta ciudadana por parte de los pediatras de la ciudad contra las autoridades locales por el maltrato que esta clínica sufre de manera reiterada. Es más, en distintas ocasiones le sugerí al director de la clínica, y a otros pediatras amigos, que promovieran un pronunciamiento escrito para los medios de comunicación, respaldado por los nombres de los pediatras de la ciudad, y siempre recibí respuestas pesimistas sobre el particular. Por la razón que fuera, nunca se hizo. Estoy convencido que la Casa del Niño está en el estado en que está, y la salud pública sepultada por la corrupción, porque la protesta ciudadana contra las autoridades locales no ha sido suficientemente fuerte.
En tercer lugar, debería aclarar también que en ningún momento me he referido a las gestiones de distintas clases que los directivos de la clínica, animados de las mejores intenciones, han realizado ante la justicia, los gobiernos locales o el señor presidente de la república. Me he permitido, claro, dudar de la eficacia de estas gestiones para resolver un problema que se ha vuelto crónico y que, dicho por su director, mantiene a la Casa del Niño al borde del cierre.
En último lugar, me gustaría decirle al doctor Trucco que la indignación que le produjo mi columna bien haría en canalizarla contra lo que sí es realmente indignante: la forma perversa como a menudo los alcaldes, los gobernadores, los Dadis y los Dasalud han manejado los recursos que el Estado destina a la salud de los más pobres. ¡Qué bueno sería un artículo suyo, que está mejor informado que yo, sobre este particular! Porque usted y yo sabemos de sobra todas las cosas horribles que están pasando. La diferencia es que yo como ciudadano -ad honorem- protesto semana tras semana contra ello.
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