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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
julio 05/2006


¿Y si ellos no protestan?


En medio de los gravísimos hechos de corrupción que rodean a algunos de los programas de las secretarías de educación y de salud, una noticia destacada por el UNIVERSAL el jueves anterior pasó desapercibida. Sorprendente noticia, además, porque da la impresión de haber sido plagiada de otra publicada por este mismo diario, hace más o menos un año. Me refiero a la deprimente información de que La Casa del Niño se encuentra otra vez al borde del cierre: debe seis meses de salario a los trabajadores y ya no le queda dinero ni con que comprar el oxígeno que se requiere para los niños con enfermedades respiratorias graves. Y la razón de tan delicada crisis es exactamente la misma que en el pasado: los tristemente celebres Dadis y Dasalud no le pagan lo que le deben y son mezquinos para otorgarle nuevos contratos. Entre los dos le adeudan la escandalosa suma de 4.466 mil millones de pesos.


Hace un año sentí muchísima indignación al comprobar que el hospital cuya quiebra se estaba provocando deliberadamente es precisamente el que recibe el mayor número de niños pobres en estado de gravedad, el que mejor los atiende, y el que por lo tanto mayor número de vidas salva a diario. De modo que escribí tres columnas en defensa de La Casa del Niño.


Sin embargo, no dejé de notar, con sorpresa, que ni uno sólo de los distinguidos pediatras que se educaron haciendo sus prácticas en esta venerable institución, que hoy laboran allí y en otros hospitales de la ciudad, consideraron digno de su importancia pronunciarse por la salvación de la clínica y en contra de las prácticas de los gobiernos locales que la condenaban a su inevitable deterioro. En realidad, este hecho me llamó profundamente la atención por lo que revelaba del comportamiento ciudadano en Cartagena.


Pues bien, guardaron silencio los profesionales de la medicina, y también las directivas de la institución, quizás con la sola excepción de su director general. Acudieron los directivos a las oficinas del alcalde anterior y del actual gobernador, y optimistas salieron de los elegantes despachos. En realidad, para el mes de octubre del 2005 todos parecían tan contentos, que daba la impresión de que el problema había desaparecido.


Y he aquí que la semana pasada nos hemos vuelto a enterar de que sólo paños de agua tibia había recibido la clínica en el curso del año anterior, y de que otra vez su director ha tenido, en el colmo de la desesperación, que hablar a la prensa para denunciar el abandono de que es víctima. Quizás él confía en que vuelva a suceder lo mismo. Es decir que dos o tres columnistas protesten, que el editorialista escriba editoriales de apoyo, y que finalmente el señor gobernador y el señor alcalde lo reciban a él y a su junta, reunión de la cual saldrán otra vez felices y contentos. Recibirán algo de dinero, la clínica apenas seguirá funcionando y un año después, con suerte, estaremos en las mismas. Mientras, el deterioro en todos los campos, especialmente en el de la moral y autoestima de sus trabajadores, avanzará inexorablemente.


Pero, claro, los distinguidos pediatras callarán como en el pasado y los miembros del cuerpo médico, en general, contemplarán, con singular pasividad, la destrucción de un hospital más. La misma con la que han recibido el hecho de que el Dadis descubra 7 años después que ha estado pagando a las ARS las cuotas de 64.000 pacientes que no existen. En fin, quizás piensan, como muchos cartageneros, que se trata de dineros del gobierno, no de ellos. Para qué, pues, complicarse la vida. En especial, cuando a muchos les está yendo tan bien gracias a esos dineros.


Como para escribir un tratado sobre el ejercicio de la ciudadanía en la bella e histórica ciudad de Cartagena. ¿Verdad?


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