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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
junio 21/2006


El problema de la vivienda


Hace una semana dos altos funcionarios del gobierno local, enfrentados al descalabro de Colombiatón, llegaron a la misma conclusión, dramática e impensable en otros tiempos: no hay tierra para los pobres de Cartagena. En otras palabras, los terrenos que cumplen con las mínimas condiciones para la construcción de viviendas de interés social resultan incomprables con el presupuesto asignado para tal fin. De modo que, según estos funcionarios, las viviendas de los pobres habrá que construirlas fuera de la ciudad, no importa lo calamitoso que pueda ser para las gentes humildes en materia de transporte y para la administración local en términos de costos de adecuación de infraestructura de toda clase.


Ahora bien, al margen de los muchos perjuicios, el hecho real es que el círculo se ha cerrado: ¡No hay espacio para construir viviendas populares en Cartagena! El crecimiento anormal y desordenado de la ocupación del suelo y la especulación alrededor de la renta de la tierra han terminado por expulsar a los pobres de las tierras buenas de la ciudad. Culminación histórica de un proceso de gravísimas repercusiones sociales, que en Cartagena ha tenido lugar a lo largo de este siglo, y que se ha cumplido en sus formas más extremas.


Desde la década de 1930 hasta hoy una de las características de la vida social cartagenera ha sido el sistemático desalojo o expulsión de los más humildes de las mejores tierras por medios económicos o por la fuerza. Tan temprano como 1939 se publican ya en la prensa cartagenera las primeras noticias relacionadas con el desalojo de los tres barrios extramuros, Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo. Y desde ese momento el motivo aducido es el de favorecer el desarrollo del turismo en Cartagena. Como consecuencia crecieron las barriadas de Canapote y sus alrededores, además de otras zonas como Chambacú. Poco después, el crecimiento se concentraría en las tierras malas de las colinas de la Popa y en las playas de la Ciénega de la Virgen.


Hasta los años cincuenta no había en Cartagena una separación espacial clara y tajante entre sectores de clase alta y de clase baja. Bocagrande fue el primer barrio que creció como una zona exclusiva de clase alta. En el resto de la ciudad la norma había sido la convivencia pacífica de pobres, acomodados y ricos en el mismo entorno. Pasaba en el centro, al igual que en Manga, en el Pie de la Popa, en El Espinal y en el Cabrero. Y es muy probable que a esta característica se debiera en gran parte la bonhomía de los cartageneros y un cierto espíritu de comunidad reinante en la vieja ciudad, así las relaciones estuviesen marcadas por claras diferencias sociales.


Pero hoy la segregación del espacio es cada vez más obvia y las relaciones se vuelven más y más distantes. Los pobres de Cartagena han sido expulsados del centro y sus alrededores por el simple mecanismo del valor de la tierra. Salieron de Manga, están saliendo de las orillas del caño de Torices y seguirán saliendo de todos esos lugares que por efecto de la expansión del turismo entren en la órbita de la especulación del valor de la tierra.


No saldrán, por supuesto, de las tierras malas, en las que tienden a concentrarse, hasta que, claro, después de mucho esfuerzo, ellos las conviertan en tierras apetecibles. No me extrañaría que una consecuencia indirecta de la perimetral sea la valorización de las tierras aledañas a la ciénega, y con ello el consabido desalojo de sus habitantes.


Si los pobres se quieren quedar en Cartagena tendrán que resignarse a vivir en tierras peligrosamente anegables o debajo de las torres de energía eléctrica o sobre terrenos envenenados. A no ser que se convenzan, de una vez por todas, del malísimo negocio que es votar por $20.000 el día de las elecciones.


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