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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
junio 14/2006


La Triste Agonía de Colombiaton


Durante la segunda semana de noviembre de 2004 las lluvias cayeron sin parar sobre la ciudad y provocaron toda clase de inundaciones en las barriadas pobres, con graves consecuencias para muchos de sus habitantes. Cerca de 7 mil familias perdieron sus viviendas y sus pocas pertenencias.


Ante la magnitud de la tragedia, las fiestas de noviembre se suspendieron y el gobierno nacional organizó un Colombiatón para recibir donaciones, con el objeto de darle una respuesta inmediata a las urgencias de los desposeídos por las lluvias. El publicitado Teletón tuvo lugar a principios de diciembre, con la presencia del presidente y de muchas personalidades.


Por razones nunca suficientemente claras la corporación Compartir, encargada de la administración de los dineros recogidos, procedió a la compra de un terreno de propiedad del Banco de Colombia, del que muchos cartageneros sospechaban desde hacía años de su condición de depósito de residuos altamente tóxicos. En efecto, 10 años atrás, en 1994, se había comprobado en los predios de la urbanización Ciudadela 2000 la existencia de basuras tóxicas altamente contaminantes y muy peligrosas. Estos terrenos y los adquiridos ahora para el proyecto Colombiatón, contiguos a Ciudadela 2000, fueron parte integral de la misma propiedad de la Federación de Algodoneros.


La federación había enterrado allí, al parecer sin ningún criterio técnico, tanques y tanques de residuos de plaguicidas tóxicos altamente peligrosos, tales como el parathion y el methyl parathion, capaces de producir gravísimos trastornos de salud, y hasta la muerte, en las personas expuestas a su contacto. Y lo peor es que no existe ningún registro exacto de los lugares en los cuales se hicieron estos depósitos.


Los terrenos del Colombiatón se compraron porque el Banco, al parecer, los vendía a muy buen precio. Sólo que al remover la tierra para comenzar la construcción de las 1200 viviendas el olor denunció la presencia de los químicos malamente enterrados. Se suspendieron las obras y un grupo de personalidades cívicas, de periodistas y de columnistas denunciamos y exigimos, en aquel entonces, que se construyeran las viviendas en otro lugar.


No obstante, el señor Gustavo Pulecio, gerente de Compartir, declaró de manera arrogante que Colombiatón continuaría en el mismo sitio. El Ministerio de Medio Ambiente produjo, a su vez, una resolución autorizando su continuidad, pese a las claras advertencias de los técnicos internacionales sobre el nivel de incertidumbre y de riesgo de la zona.


La obstinación en hacer uso de un terreno envenenado era tal, que la obra, iniciada con carácter de urgencia, se paralizó en medio de batallas legales, y sólo ahora, el Banco de Colombia y Compartir tomaron la decisión de trasladar Colombiaton a otro lugar aún incierto. Hubo que esperar doce meses desde el día en que se encontró el veneno en el subsuelo, para que por fin estos señores aceptaran lo que era evidente desde el principio: el aterrador peligro que suponía construir allí.


En realidad, vistas así las cosas, no creo que haya habido buena fe, no al menos, para proteger la salud y la vida de los pobres. Y ahora me pregunto: ¿este absurdo retraso de un año y medio en un programa de vivienda, que se inició con carácter de urgencia por sus connotaciones sociales, no producirá consecuencias de ningún tipo? ¿Nadie pagará por el daño infligido a la gente humilde sin vivienda y a la economía del proyecto?


Todo parece indicar que esta historia infame no acabará aquí. Ahora el problema es que no hay tierras en Cartagena para las viviendas de los pobres, según han declarado unos expertos. De esto último hablaré en mi próxima columna.


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