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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
junio 7/2006


Los rituales de la violencia


Quizás ya no es más noticia. La violencia, aún en sus manifestaciones más brutales y desquiciadas, es noticia de pocos días entre nosotros. Alarma al mundo, pero no a los colombianos. La oímos, la vemos, nos indigna, deploramos, a lo mejor, su absurda condición y nos quejamos de esta gente bárbara que nos rodea y que tan mala imagen ayuda a formar sobre el país. Pero no mucho más de eso. Al rato se nos olvida y hacemos planes para las tardes del mundial de fútbol o festejamos las trivialidades grandilocuentes del político de turno, del académico de turno, del empresario de turno o, en fin, de cualquier vividor de turno. Y la vida prosigue, como si nada, hasta la próxima masacre, genocidio o asesinato atroz, y entonces volvemos a indignarnos, volvemos a olvidar y volvemos a festejar a los personajes de la patria, a esos profesionales cuya habilidad es convencernos de cuanto hemos progresado, de que estupendo es este país en el que moramos.


Quizás es verdad: ya casi no es noticia. Sólo que no me resisto las ganas de decir que hay algo profundamente dañado en una nación en la que una columna del ejército asesina a sangre fría a un destacamento de jóvenes policías, entrenados para la difícil lucha contra el monstruo del narcotráfico. En una nación así, seguir midiendo el progreso por las estadísticas del crecimiento económico no deja de ser una broma feroz.


Porque dígame usted señor lector ¿una sociedad en la que un coronel del ejército, un teniente y un grupo de soldados emboscan a un grupo de policías que se dirige a cumplir con su deber, y a plena luz del día los asesinan, y hacen uso de un francotirador para asegurarse de que nadie quede con vida, a una patria así se le puede llamar civilizada? ¿Lleva alguien la cuenta de cuántos miles de campesinos, jovencitos pobres de las ciudades, dirigentes sindicales e intelectuales han sido víctimas de esos grupos de extrema derecha, que en representación del orden y en defensa de esa "patria" que tanto quieren, asesinan y masacran en medio de la más alucinada y desenfrenada orgía de la muerte? ¿Lleva alguien la cuenta de cuántos campesinos y gentes inocentes de las ciudades han asesinado los otros, los de la extrema izquierda, a nombre también de su "querida patria", con métodos igualmente brutales? Teníamos la desvaída ilusión de que se trataba solamente de grupos al margen de la ley, sospechosamente ligados al negocio del narcotráfico. Habíamos oído de militares de alto rango que colaboraban con los grupos de extrema derecha, pero que militares de carne y hueso, en ejercicio activo, actúen como matones siniestros al servicio de narcotraficantes, hasta el punto de matar fieramente a sus propios compañeros de oficio, era algo que no imaginábamos. Que un colombiano decente, ajeno a las cosas tenebrosas de la política, no podía imaginar.


¿Cómo una persona que aspira humildemente a la decencia y al decoro puede, ante semejantes noticias, sentirse habitando una patria que progresa? Cabría la sospecha terrible de que eso somos, de que nos tocó en suerte habitar un territorio regado por la sangre violentamente derramada, que poco tiene que ver con una indolente infancia, y mucho con un destino largamente construido.


¿Acaso podremos, con tantos muertos en nuestra memoria, aspirar a la pacífica convivencia y a la elusiva felicidad? Quizás sólo en el momento en que nos repugne la ligereza con la que sepultamos el recuerdo de los crímenes y nos ufanamos de una modernidad que no hemos conquistado. Daría la impresión de que hemos aprendido el complejo arte de ignorar la realidad, y de que lo seguiremos haciendo para defender esta curiosa ficción de civilizado progreso, tan ajeno a nuestras prácticas diarias de indiferencia hacia la barbarie cotidiana.


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