Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
mayo 31/2006
Las pasadas Elecciones
La fácil victoria del presidente Uribe tiene de pláceme a los grandes medios de comunicación, que razonablemente la han calificado de histórica y prodigado elogios a las habilidades políticas del mandatario. Igualmente han destacado lo que parecen ser también conclusiones evidentes: la previsible caída del partido liberal y la sorprendente escalada del Polo Democrático, convertido ahora en un serio contendor para las próximas elecciones presidenciales. En ambos casos el futuro viene cargado de decisiones complejas. La recuperación del liberalismo podría traer muchas sorpresas, así como la consolidación del Polo dependerá de que los hados malignos no desaten en su interior las tradicionales y suicidas divisiones de la izquierda.
Como creo que no vale la pena seguir insistiendo en lo que ya todo el mundo comenta, prefiero traer al escenario algunos aspectos ocultos que merecen nuestra atención, si de un análisis serio de la jornada electoral se trata. En primer lugar, vale la pena insistir en lo siguiente: no deberíamos olvidar pese a toda la euforia alrededor del triunfo de la democracia, que la abstención sigue siendo muy alta. Esta vez fue de cerca del 55 por ciento, y los 7 millones de votos por el presidente Uribe, con todo y que constituyen una extraordinaria votación y un record nacional, no representan más allá de un 26 por ciento del total de votantes inscritos. Es decir que el 74 por ciento de los colombianos con capacidad para votar, no lo hicieron, por las razones que fuera, por el presidente Uribe.
En segundo lugar, a los costeños, en particular, antes de armar la fiesta, debería preocuparnos que vivamos en una de las regiones en la que la abstención llega a niveles más altos. Y que sean precisamente los dos departamentos más grandes e importantes de la costa caribe, Atlántico y Bolívar, los que alcancen cifras del 68 por ciento el primero y 67 el segundo. En otras palabras, que en ambos no votasen más de un 33 por ciento de quienes debieron votar.
En tercer lugar, en Cartagena la votación para elegir a un presidente fue quizás la más baja de su historia reciente. Sólo un 30 por ciento de los votantes depositó su voto esta vez. Es decir, el 70 por ciento prefirió quedarse en sus casas.
Y por último, quisiera llamar la atención al hecho de que Bogotá sola puso un total de votos superior al de los 8 departamentos del Caribe colombiano juntos, y el presidente Uribe obtuvo más votos en la capital que en toda la costa norte. Bogotá, Antioquia, Cundinamarca y Valle pusieron casi el 50 por ciento de toda la votación, es decir que la capital más 3 de los 32 departamentos, concentraron la mitad de la votación del país. Este dato muestra, quizás, mejor que nada, por qué la costa Caribe influye cada vez menos en el concierto de la política nacional, y por qué, por el contrario, Bogotá, Medellín y Calí son ahora los centros del poder.
Si a lo anterior se le agrega la mediocridad general y la mala fama de nuestros políticos costeños, y las historias tenebrosas de financistas y de paramilitares, creo que no hay mucho que celebrar, no importa cuan histórica haya sido la victoria de Uribe.
Por lo demás, a diferencia del cortejo de aduladores de última hora, que se alistan a posar de ultra uribistas, quiero repetir lo que dije en mi pasada columna: hubiera preferido una segunda vuelta, entre otras razones, porque esta victoria fácil del presidente acrecentará la soberbia del mesiánico caudillo y la tentación de abusar del poder, lo cual, está probado por la historia, nunca es bueno. Y en un jefe de Estado puede resultar catastrófico, principalmente para sus gobernados. Confiemos, pues, en que haya más sabiduría que vanidad en las altas esferas del Estado.
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