Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
mayo 24/2006
EL 28 DE MAYO
La escena tenía un aire de teatro del absurdo: a las 9 y media de la noche del domingo pasado los periodistas invitados por Caracol, sentados sobre una tarima, molestos por el incumplimiento del presidente, leyeron las preguntas sin respuestas a una audiencia que desde sus casas seguía con algo de asombro y de inquietud el programa. Uribe había dejado plantado al equipo de televisión en Cartagena. Era quizás la última oportunidad que tenían los colombianos de escuchar al candidato presidente explicar asuntos tan cruciales como la política con los paramilitares, sus recientes ataques a la prensa y los continuos escándalos de corrupción oficial, entre otras cosas.
Es difícil saber por qué el señor Uribe se comporta de esa manera. Uno podría entender que no quiera ir a los foros con los otros candidatos por razones de estrategia política, pero no conceder entrevistas a los medios de comunicación parece más un gesto de arrogancia de quien se cree con la victoria asegurada que la actitud de un candidato preocupado por informar a sus posibles votantes sobre las virtudes de su campaña.
Sea lo que fuere tengo la sensación que tanto el señor presidente, como la mayor parte de sus seguidores, no han entendido las profundas transformaciones políticas que están ocurriendo ante nuestros ojos en estos precisos momentos de campaña electoral. Cambios radicales que no habíamos visto en décadas son minimizados como cosas de menor importancia por esa misma prensa que se ha resignado a no entrevistarlo.
A sólo siete días de la primera vuelta de las elecciones, El Tiempo reveló la última gran encuesta en la que Uribe aparece con el 54 por ciento y Gaviria con el 23 por ciento. Lo que realmente merece ser destacado en estos datos no es la obvia ventaja del candidato presidente sino el hecho excepcional de que en los dos últimos meses el respaldo a Gaviria haya aumentado un asombroso 20 por ciento. Crecimiento igual difícilmente se había visto en jornada electoral alguna en este país.
Las implicaciones de estos números son históricas. Por primera vez un candidato de una coalición de la izquierda democrática en Colombia produce una multitudinaria corriente de apoyo a su favor y se perfila con muy serias posibilidades futuras a la presidencia de la república. Daría la impresión de que las clases medias estuvieran rápidamente girando hacía la búsqueda de un gobierno menos indiferente e insolidario en materia de política social. Y por otra parte, no es menos trascendental en sus consecuencias la agonía del oficialismo liberal, reducido por primera vez a la condición de partido de minorías, con sólo un 10% en la última encuesta.
Pero hay algo de importancia más inmediata: hace dos semanas parecía claro que Uribe ganaría en la primera vuelta. Ahora, a tres días de las elecciones, no es tan claro, aunque siga siendo el favorito. El lleno impresionante de la plaza de Bolívar en Bogotá con los simpatizantes de Gaviria indica hasta donde y con que velocidad está creciendo este movimiento. Contra todo pronóstico, no me extrañaría que, pese a todo su favoritismo, Uribe no alcance el 50 por ciento y tenga que competir en una segunda vuelta con Gaviria. Y francamente esto último sería muy bueno para el país: en primer lugar porque serviría de contención a la cada vez más peligrosa arrogancia y prepotencia de quienes se sienten dueños absolutos del poder; y en segundo lugar porque se fortalecería la democracia, en la medida en que tendríamos una oposición más vigorosa defendiendo los derechos de los ciudadanos del común, de esos ciudadanos que parecen no contar en las políticas del actual gobierno.
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