Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
mayo 17/2006
EL REINO DE LAS FINANZAS
Todos los trimestres es la misma noticia: la celebración de las grandes ganancias del sector financiero. Astronómicas cifras, tales como que en el primer trimestre del año llegaron a más de un billón y medio de pesos, superior en un 53 por ciento en relación con el mismo período del 2005. Una fantástica acumulación de capital en poquísimas manos, en selectos y poderosos grupos económicos, que poco, muy poco, se traduce en inversión en sectores productivos. Según la revista Semana de cada 100 pesos que presta la banca, sólo 1,7 se destinan a los microempresarios. Y por otra parte, una porción importante de sus activos se invierte en títulos y otros valores, principalmente en títulos del gobierno, es decir allí donde el riesgo es mínimo y las utilidades están perfectamente garantizadas.
Con justa razón la revista concluye que esta aberrante situación, más que culpa de los banqueros lo es del mismo gobierno central que estimula los apetitos de este sector por la inversión fácil y frena una mayor dispersión del capital hacía los estratos bajos, en especial hacia aquellos que necesitan del dinero para promover sus pequeñas producciones.
En cuatro años el gobierno del presidente Uribe ha brindado todo su apoyo y entusiasmo, especialmente desde el ministerio de hacienda, a este modelo de crecimiento económico, en el que los grandes capitales festejan una y otra vez lo bien que les va, sin que ello suponga la más mínima obligación de redistribuir aunque sea una pequeñísima parte de sus utilidades mediante, por ejemplo, un sistema tributario más equilibrado o una normatividad que haga de los préstamos a pequeños productores una operación menos onerosa y más fácil de realizar. Apenas comprensible, entonces, que Luis Carlos Sarmiento y en general todos los magnates del sector financiero apoyen con igual entusiasmo al carismático caudillo de las finanzas en su audaz intento de ganar la reelección. Un certero instinto de empresarios les indica que por encima de todo tienen que lograr que semejante campeón de los negocios bancarios continúe inamovible al mando de la economía nacional.
Pero, ¿y a la inmensa mayoría de la nación, es decir, a los trabajadores que dependen de un salario, de un ingreso informal o de un milagro diario para vivir, les ha ido tan bien? ¿Han visto sus vidas mejorar en estos cuatro años? ¿Sus condiciones laborales acaso son hoy superiores a las del 2002? ¿Tanta miseria, tanto abandono, tanta quiebra de hospitales, tantas malas escuelas y, sobre todo, la aterradora incertidumbre de lo que depara el futuro, se compadece con la festiva certidumbre de unos banqueros que saben que cada tres meses, a la usanza del tío Rico MacPato, se pueden encerrar en sus depósitos a contar las toneladas de dinero inútil, no productivo, que reciben, gracias a la generosidad del sistema imperante en Colombia, ardorosamente defendido por el joven y locuaz ministro de hacienda?
Quizás valga la pena aclarar que no tengo nada contra el elemental derecho de los propietarios de empresas a obtener unas ganancias justas. Y además entiendo perfectamente que en nuestras actuales condiciones nada nos sirve más que estimular a los empresarios nacionales a invertir en sus industrias y a generar riquezas. Pero eso no es lo que está sucediendo en nuestra "querida patria": aquí se enriquecen sobre todo quienes no producen pero especulan con el dinero, mientras que en el otro extremo la miseria y las dificultades de millones de hombres y mujeres se profundizan.
En realidad no sé si vale la pena hacer la aclaración anterior, porque el clima de intolerancia ha llegado a tal punto que cualquier comentario u opinión contraria al presidente Uribe es suficiente ahora para ser condenado al peor de los círculos del infierno de la Divina Comedia del genial Dante.
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